Por una sexualidad total
Qué hubo hermonos…..?Aquí estámos……..!
Refregándonos en la orgía salvaje… sin mayores explicaciones les va….!
A humedecerse…!
Dulzura y Desenfreno para tod@s…..!
DESENFOQUE (POLÍTICO) DE LO SEXUAL:
POR UNA SEXUALIDAD TOTAL
Pablo A
Pensemos en sexo y política. Pensemos en sexo como experiencia de plenitud, descomposición de identidades y desestructuración de sentidos. Pensemos en política como sutileza en la intersubjetividad, como modo de poner en obra la voluntad de/en la vida cotidiana, como discurso y lenguaje que fundamenta el accionar de lo-humano-en-interrelación. Pensemos en las vinculaciones de lo político con lo sexual* . Pensemos más bien en cómo la re-configuración de lo político implica el cuestionamiento de las formas y los contenidos de lo sexual, pero no porque esto último constituya el inconsciente de lo anterior – ni viceversa -, sino porque un proyecto de liberación de la vida cotidiana requiere de una perspectiva unitaria. Y porque sin duda nos gusta tanto lo público del sexo como lo íntimo de la política, y todas sus variedades que como enredadera se dan cabida en el universo.
Una sexualidad total es una re-configuración de lo sexual en un horizonte sin enfoques, en un descentramiento radical, en una experiencia de apertura infinita de la praxis sexual y del ánimo sensual. Es saliva, sudor y ternura; es juego, pathos y gruñido; es plenitud, decepción y ruptura. Es una completa levedad de los contenidos sexuales posibles hasta ahora, y una absoluta consistencia del sexo como forma posibilitante de cualquier sentido, dirección, textura, sonoridad que se quiera inventar desde allí. Una sexualidad total es un discurso en voz baja que articule la explosión que queremos vivir como sujetos modernos tardíos: disolución del yo, acontecimiento final, ya no pequeña sino gran muerte. Una textura latente, una obra de baja frecuencia, una húmeda y cálida experiencia.
La definición sexual como fetiche (homo, hetero, bi, alternativas de una misma urna de democracia sexual), el socratismo separativo traducible en distancia irreconciliable entre sexo y amor (queremos un cuerpo divino, ¡ahora!), la centralización del hecho de la penetración (¿no te has enterado que las lesbianas siguen siendo vírgenes?), el posicionamiento del juego amatorio como periferia (”tócame un rato, puedes lamerme también, pero mételo lo antes posible”). La regularidad mecánica de la praxis sexual (el Kamasutra-o-Rama del televangelismo pseudo-erótico puede irse al carajo), la normalidad hipersexualizada del ánimo sensual, la confección de un contexto íntimo alienado y naturalizado en esa alienación. Criminalización de la diversidad (conozco a un tío que folla con su amigo de 14 años: nunca he vuelto a ver en otro adolescente esa sonrisa de luz que el chicuelo trae cuando vuelve a casa contándole a sus padres la mentira de rigor para guardar el secreto), superada falsamente como recuperación capitalista de la diferencia (”ay, pero si yo también tengo un amigo gay”). Sexo como factum, y no como gestus. ¿Tengo que seguir enumerando el asco? ¿Dijiste que el sexo era imposible de colonizar, que iba a ser el último reducto de libertad? Esa mentira New Age funciona con la clase alta, nosotros somos más desconfiados y pesimistas. Pero sabemos gozar mejor.
He aquí el desafío: si ese lugar-momento de pureza contrapuritana ha sido inundado por la heroica putrefacción de la racionalidad instrumental, habremos de embellecernos para nuestro propio rito satánico de implosión sexual, llenarnos de gesticulación y color, para asistir en el parto de una sexualidad descentrada y desplegada libremente.
Quiero aparearme contigo en un sueño, ¿no quisieras lo mismo?
La economía del deseo (y tomada de la mano, o del pie, o el pezón: la economía del regalo) se nos ofrece fácilmente como una salida para nuestro sexo adolorido, pero ella misma no está libre de la recuperación que Ted Turner o Agustín Edwards puedan hacer en alguno de sus medios. Puede que ya no sea necesario poner a una voluminosa rubia o a un semental salvaje para mojarte las pantaletas. “Sé libre”, dirán, “cómete tantas pollas como puedas”. Prepárate para las campañas del Ministerio de Amor Libre - sólo en los mejores cines. En unos años querrán venderte poesía porno en pastillas, exacerbación afrancesada del cuerpo, poluciones nocturnas para toda la vida… ¡Y SIN VERGÜENZA ANTE SUS AMIGOS!
Descentrar el cuerpo no será una mera necesidad de la sensibilidad femenino-masculina. Es una tarea política de vanguardia (o retaguardia, si trajiste la vaselina): el reconocimiento de todos esos pliegues politizables en nuestro cuerpo, la celebración de cada erección, convertir los abrazos en orgasmos, la destrucción del capitalismo de tus pechos y el colonialismo de mi falo.
Tesis, antítesis, síntesis. Machismo, Mujerismo, Anarquismo: Primero ambos decimos que yo te penetro. Luego diremos que tú me absorbes. Finalmente seremos víctimas y agentes de un mismo acto desparramado de succión e inyección, de deglución e invasión. Trágame por la entrepierna que yo entro triunfal en ti. Ciertos hindúes dicen que la mujer es activa y el hombre es pasivo - yo digo que somos más andróginos de lo que creemos. O mejor: nunca más sexo en participio, sino pura participación multilateral. Nunca más “ser penetrado”, sino penetrar todo el tiempo. Nunca más “ser tocado”, sino tocar con cada lugar del cuerpo, con cada fragmento de epidermis, con cada soplido tras la oreja.
No será una obrita de arte privada: follaremos en cajeros automáticos, me dejarás lamerte la espalda en la fila del aeropuerto, ocultaremos los fusiles y el mortero bajo la ropa para que cuando te decidas a bajarme los pantalones en el museo todo vuele en pedazos y no sólo tú guardes en ese mausoleo púbico mi sangre blanca del amor - sino toda la ciudad, todo el país, todo el planeta.
La totalidad no-totalitaria de la sexualidad comenzará con estas palabras: “omnia novum subsole”, todo es nuevo bajo el sol, la disposición irracional de mi enamoramiento explosivo es una sola con tu agresiva gesticulación sexual: no hay amor sin sexo, no hay sexo sin amor. Eso que creíste que era sólo sexo, era pura mecánica. Eso que creíste que era sólo amor, era pura superstición. El espíritu es el que abraza, el cuerpo es el que ama. Tu novio a distancia es una mentira, el amor quiere humedecerte con su lengua, oír tus quejidos en vivo y en directo. Esa Historia de las flores-con-tarjeta y el chocolate-bien-envuelto se ha acabado: queremos follarnos en grupo hasta procrear bosques enteros de cacao y hechizarnos en secreto con nuestros dedos suaves, nuestros ojos hacia dentro, nuestro sentido de orientación subvertido catastróficamente.
La petit mort será una gran muerte algún día, y nunca volveremos a ser, nunca el ego volverá a constituirse, sólo habrá alucinación, Carpe Diem, destitución de la jerarquía subjetiva, disolución definitiva del Yo; seremos adherentes de un único partido, el Aquelarre Crónico de Sexualidad Inmediatista, una sociedad secreta de ayahuasca sexual; y todos los pequeñuelos besarán el mismo cielo, y todas las meninas querrán masturbarse con nosotros, y el mismo Presidente de la República se dejará secuestrar por nosotros, sin interés alguno en pagar su regreso al empobrecimiento generalizado de la vida monogámica.
Agrupados en permanente éxtasis nunca podrán atraparnos.
Descentrar el sexo es combatir contra el antiguo patrón patriarcal y contra la nueva moral-de-víctima del Progresismo Anti-Sexista. No es únicamente escapar del enmarañado sexo macho, duro y frío, sino también evitar que el correctismo político invada nuestros nidos de sexo-amor: no hagas que tenga vergüenza de mi sexo en llamas, de mi erección devota de la geometría euclidiana. Contra el falo-centrismo eyacularé falo-fragmentariamente, dispuesto a aceptar incluso con brutalidad salvaje este hervor subcutáneo que me invita a toquetearme y toquetearte. Los heterosexuales blancos defendiendo a las minorías sexuales me producen asco - y el orgullo gay es puro espectáculo invertido. Ir más allá del género no es disfrazarte con el vestido de tu madre o el traje de tu hermano: ir más allá del género es confundirte todo el tiempo con la infinita singularidad de amores y sexos que dan vueltas por el planeta, acabar de una vez por todas con la normalidad (normosis, la enfermedad del milenio) del género. Y no sólo porque es una construcción histórica que funciona excelentemente como excusa para dominarnos — más bien y principalmente porque nos limita a follar para reproducirnos, acariciarnos para follar y juguetear entre sexos opuestos, cuando lo único que queremos es la moral de los sabrosos Bonobo del Gran África: amistad sexual, frote genital a modo de celebración caótica, multisexualismo desparramado y una interminable Historia de ocio y juego y pérdida de tiempo.
Todo es nuevo bajo el sol: el sexo es una mirada caliente.
Todo puede ser un elemento sexual, siempre y cuando te decidas a babear y mojarte por ello. Estar cachondo es un estado espiritual, no hay zazen sin lengua dura, hacer el amor es exactamente lo mismo que tener sexo, es una sola sabiduría milenaria que está disponible para ti – y si no tienes éxito accediendo al inconsciente colectivo, bien puedes inventar tu propia pornosofía. No te preocupes si es que estás solo en el mundo. Siempre hay súcubos sedientos de una aparición nocturna bajo tus sábanas.
“Haz lo que quieras, ésta es la única ley”, dice la Gran Bestia. Voluntad de hierro a la vez que de fuego, derretimiento implacable e inacabable de cualquier dureza. La voluntad se derrama sobre sí como sangre recién vertida para la ceremonia – asimismo nuestra imaginación se escribe sobre el cuerpo húmedo que se dispone a amar.
Si lo sexual es consecuencia de lo político (si es que el mundo tiende estadísticamente a la monogamia heterosexual como consecuencia de una súper estructura patriarcal) entonces ataquemos de vuelta: descentrar el sexo será desarmar la estructura. Puede que duela los primeros días, pero te aseguro que tendrás tu recompensa – y si no estás satisfecha, ¡te devolvemos tu virginidad!
Y para tener más posibilidades de ganar la pelea, digamos que también lo político es consecuencia de lo sexual: si nuestras típicas concepciones respecto del sexo nos tienen acostumbrados a una vida autoritaria, opresiva y homogeneizante, infectemos al sexo con nuestro pathos libertario, con nuestra calentura anarquista, con nuestra perversidad polimórfica que aparece en cada asamblea, cada protesta, cada lectura clandestina, cada performance de terrorismo poético. Convirtamos nuestra “vida sexual” en acción directa.
Traigamos el cóctel molotov al camarote, Emma, que si no se puede follar al ritmo de sus consignas, no es mi revolución.
Estamos hablando de una alquimia subversiva que despliegue sobre el mundo toda esa energía concentrada en los genitales, tan sobrevalorados, tan sobreexplotados. En un mundo que no ha olvidado la “magia simpática”, las analogías totémicas, esa lógica del “como es aquí, es allá”, el centramiento de la sexualidad en la genitalidad penetrante da cuenta de un imaginario político de la jerarquía y la valoración de la rigurosidad erosionante del Capitalismo Demasiado Tardío. Si todo lo que hay son costumbres, construcciones ideológicas naturalizadas, nuestro trabajo es la brujería fina: romper el hechizo con la poética del cuerpo unitario, con la invención de momentos des-ilusionantes, con la apertura definitiva de un cuerpo total, que al estar desnudo su propia piel lo explique.
Mi cuerpo es un mundo, ¿vas a quedarte solamente en mi entrepierna?
*Previa a definir conceptos como “política” o “sexualidad” surge la necesidad de cuestionarse si es que todo eso que decimos de lo político o lo sexual tiene un hilo conductor que nos dirija hacia una definición. Por otra parte, hacer uso de las definiciones actuales conlleva peligros. He allí el interés por relacionar en profundidad política y sexualidad: aspectos de lo sexual devienen políticos y por relacionar en profundidad política y sexualidad: aspectos de lo sexual devienen políticos y aspectos de lo político devienen sexuales.
La Reconquista del Juego 2
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wenas, beligerantes paganos:
heme aquí con la continuación de LA RECONQUISTA DEL JUEGO. presiento que a estas alturas (cuáles, ah? puedes medirlas?) ya habremos perdido toda vitrina y público, pero no por eso vamos a dehar de bailar desnudos sobre los senos mustios de teresa de calcuta.
salud, abundancia, besos en las pantorrillas, solidaridad total, amor total, profunda incorruptibilidad, etc.
ludo!
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DIGNIDAD, POR SOBRE TODO
Desde los recónditos salones alfombrados de monotonía y lujosos vicios que ahuecan la acústica del ingenio humano, desde la célebre parentela vertical culpa-excusa, nos vemos ahondar en el mate amargo del discurso antiguo. Por generaciones nos hemos hallado con multitud de excusas, explicaciones bastas, sedantes, cerros de libros. No hay para qué decir que hay verdaderos filósofos y hombres de ciencia detrás de la artimaña, siendo que pareciesen tan cercanas a la realidad las argucias de la defensa civil. Veamos el asunto por partes.
La primera noción del desenvolvimiento de la dignidad de la que podríamos desatornillar algo, sería algo tan insignificante como el empleo de la estrategia para no estar aquí. Siendo cachorros no conocemos la responsabilidad sino para con nuestras propias necesidades, e incluso hacemos que nuestro superior inmediato se ocupe de ellas, por lo que la o las extrañas desapariciones de una familia durante lapsus indefinidos pero infinitamente detallados se aparece en nuestro escenario como una simple distracción, de la cual el adulto puede prescindir, pero por la que sin embargo opta, puesto que el paisaje debe variar. Nada más siniestro que el cumplimiento de un deber que se desconoce.
Los sucesivos encontrones con la ejecución del mandato se remiten a la hostilidad para con el juego, la interacción. Mafalda quiere más a sus deberes que a mí; Mafalda se quiere a más a ella que a mí. Se escapa a paso de tanque la posibilidad de apuntar a la lógica del asunto, tan ocupados nos encontramos en descubrir la música, inventar la ciencia, diseccionar lo cotidiano. Las generaciones de polvo que nos preceden atienden a sus necesidades experimentativas, lúdicas, nadie hace lo que no le gusta.
De ahí a los discursos vagos, el entendimiento a palotes, garabatos sobre el pizarrón fraternal comunicativo. Algo se escurre por ahí, algunas voces se subentienden. El trabajo dignifica o la pena de muerte, berrea la masa arrodillada, pero la simplicidad de las tareas manuales y la versatilidad del vestido de pingüino, la sutilidad de la uniformidad infantil, se encaraman sobre nuestro compromiso con el experimento, apareciéndose como vallas fáciles de saltar. En una realidad por conocer, la lectura entre líneas y la treta innoble de la desconfianza entre amigos simplemente no se ajustan al presupuesto. Corremos a donde se nos pida, la vida es fácil y fresca, como hundirse en el barro o rasmillarse las rodillas. Los premios y castigos son para los tontos, para los perritos obedientes. Cada cual hace lo suyo, el vociferante adulto nos pide consejo, nos ruega favores.
Pero, una vez avanzada la máquina, se aprende de una vez por todas que es lo que se nos pide lo que nos hace más fuertes, que es lo que hacemos por otros lo que va en línea recta hacia la prosperidad, viejecilla sonriente. Los que corren a nuestro lado, ésos son los que lo intentan y no lo lograrán. He aquí mi puesto, he aquí mi dominio, he aquí lo que se me ha pedido a mí.
De sobra está decir que con la representación televisada de los premios y los castigos se acaba ya la ilusión de la prosperidad. Las obligaciones van en aumento, ascienden hasta el firmamento como planta de habas, y de repente nos encontramos con que el trabajo dignifica, y mira tú quién lo dudaba. Si bien lo que se juega no es aún el hambre (haremos las excepciones obvias para un sistema clasificado), los besuqueos con la frustración y la belicosidad de los que posan sus ojos en ti, hacen comprender rápidamente la rectitud del camino adecuado. Pareciera una amenaza: tú haz lo que de ti se pide, de lo contrario ya me encargaré de que la pases muy mal.
Si no se nos martillara en el seso, de seguro que nos parecería extraño.
Propongamos el siguiente problema:
Suponiendo que un estudiante cualquiera, totalmente anónimo, por decir 15.905.181-1, número 27 de la lista de clases, quinceavo en la escala de notas, descubriendo el amor en la mirada vecina se topa con que x más 3y hacen las tres cuartas partes de las escuadras que un arquitecto debería tener para completar su colección de 3.866, sabiendo que tiene 26, de colores blanco azul, azul y rojo, que obedecen a la razón 3 es a 7 es a 12, y que el reloj avanza más rápido que la dislexia y que debe terminar el problema en menos de un cuarto de hora, pues corre el riesgo de apuñalar su registro de notas, y suponiendo que si hoy no se abalanza sobre ella, lo hará mañana, pero de aquí a diciembre todos los mañanas están organizados de la misma manera, ¿qué posibilidades reales hay de que el estudiante en cuestión pueda descubrir el amor en aquella mirada vecina, otorgándole el tiempo que él considera necesario, el cual es mucho?
Pero, ¿y el tiempo libre?, dirán ustedes, con esa mirada seca de malestar estomacal; ¿por qué no se abalanza sobre ella en su tiempo libre? Yo no dudo que lo haga, es más, debe de haberlo hecho ya, pero lamentablemente ése no es el punto, y creo que ambos lo sabemos. En el problema anteriormente planteado puede fácilmente advertirse que el estudiante malgastará su tiempo en un cálculo inútil: además de patrocinar la manía del arquitecto, se llena las manos de conclusiones ficticias, que podrían facilitar el despertar del rechazo a la realidad que seguramente se manifestará más tarde, ya en el clímax de su adolescencia.
La matemática algebraica puede ser un horizonte vertiginoso, divertido, pero francamente no hay razón para anteponerla a la fidelidad para con nuestras verdaderas intenciones. A no ser, obviamente, que sea nuestra intención el resolver problemas matemáticos.
Ahora, estudiar no es trabajar. No es precisamente trabajar, pero sólo con el inconveniente de que no se recibe paga alguna más que en el sentimiento de salido de apuros una vez que las casillas se rellenan de azul, a las claras viene a ser la misma cosa. Trabajar no es sinónimo de producir. Ni siquiera es sinónimo de realizar algún esfuerzo físico. Trabajar consiste específicamente en realizar en serie descubrimientos que algún humano haya hecho, en beneficio de la sociedad.
En este sentido, estudiar es también trabajar, puesto que uno se está instruyendo de manera tal que los conocimientos que se adquieran no pondrán reparos a la hora de ser estrujados. Es como ese antiguo cuento de que antes, sólo los ricos sabían leer, pero que, una vez que necesitaron mano de obra más especializada, comenzaron a impartirlo a nivel popular, a cargo de los sacerdotes, y bla bla bla.
Aún no hemos llegado al punto donde el trabajo dignifica.
El argumento más sólido y recurrente es que el trabajo dignifica, pues le permite al hombre ganarse su pan, su sustento diario. En teoría esto suena preciso y claro, pero realmente no es tan así como se ve. Actualmente los trabajos mejor remunerados y para los que se necesita una mayor especialización, son exactamente los trabajos en los cuales el resultado directo es algo que, sin importar cuánto aderezo, jamás podrá comerse. Además, la comida sale de la tierra, directamente de ella, y todo lo que no se come sale directamente de su manipulación. Esto hace entrever algunas particularidades bastante singulares:
1. Se remunerará siempre mejor a quien desempeñe su labor manipulando objetos orgánicos y mutando estructuras que nos son ajenas e innecesarias.
2. No es más digno quien trabaja más. De hecho, no es más digno quien gana más, sino que le está permitido lucir la frente más en alto.
3. El sustento diario no depende en absoluto de nuestras acciones inmediatas, sino de cuán obedientes hayamos sido en el pasado. El diploma lo confirma.
4. Sólo el ser humano puede aspirar a la dignidad, puesto que los demás animales no necesitan descubrir minas de petróleo o cepillarse los dientes para conseguir alimento. Ni que les interesara.
5. La dignidad puede conseguirse aún cuando no se consiga el pan, basta con haber trabajado para no obtenerlo.
6. La obtención o la no obtención del pan es un juego demasiado popular en el cual todos los contrincantes deben aceptar fielmente las reglas del juego, esto es, obedecer.
7. Si mediante la obediencia se pone o no pan en la mesa, la dignidad está en la obediencia.
8. Las demás especies animales no obedecen a nadie y suelen comer bien.
Suponiendo que, por alguna circunstancia extracurricular y ajena al común entendimiento, el ser humano sea una especie contrahecha y maldita que carga con el deber de competir por un grado de dignidad postizo que no le fue concedido naturalmente, seamos por favor serios y continuemos con lo planteado ya en nuestro itinerario.
UN HOMBRE TIENE QUE HACER LO QUE UN HOMBRE TIENE QUE HACER
Lejos se hallan los días en los que el hombre, impúdico y soberano del universo, tenía por costumbre lamentarse de dolores vertebrales sólo ocasionados por el continuo levantar manjares caídos del cielo, acomodadísimo en su condición de patrón de fundo de ilimitadas facultades, adoctrinado al continuo despilfarro. Lejos nos hallamos de encontrarnos con aquellos días de ensueño, puesto que para toparnos con ellos haría falta por lo menos vernos en la engorrosa situación de desenterrar algunas oxidadas osamentas, con el siniestro fin de abrirnos paso por la muy imaginativa mente de aquel chiquillo fantasioso. De más está decir que se trata de una tarea sumamente incómoda e inútil.
Es por esto que, con el propósito de apuntarle un poquitín más de contemporaneidad a nuestro quehacer, considero necesario replantearnos el asunto éste y ubicarnos en la igualmente rica en literatura y sublimes ocupaciones época actual.
La presente época no escatima en remilgos para consigo misma, y en cierto sentido es como un perro apretado y filudo al que se le amordaza con pañales recién ensuciados. Por algún azar difícil de comprender, la política biográfica de nuestra época se encarga deliciosamente de adjudicarse no sólo el total de la cosecha sino que también se considera legítima propietaria de las múltiples voluntades de sus infinitos trabajadores. Caso curioso, pues una pizca de lógica en medio del asunto basta para indicar que es el hombre el que vive su época y no al revés, desafortunada catástrofe cotidiana.
Idealmente, la contemporaneidad que le toca a cada hombre se considera un enorme y magnífico lienzo de nívea nieve nevada listo y dispuesto a que el hombrecito en cuestión dibuje sus alas acostado en su espalda, lo que en palabras claras se denomina como “hacer angelitos”. Prácticamente, el negro perro como gota de miedo gruñe y babea y el pequeño primate aprende desde chiquillo a estrujarse solo.
Ante semejante amenaza, es evidente que a cualquier máquina de supervivencia no le cuesta la ocurrencia de la línea recta en sentido contrario. Es decir, escapar de aquello que parece dispuesto a hacernos daño. La consigna es no mirar para atrás, a pesar de que en Sodoma y Gomorra la cosa esté que arde.
Así pues, el perro nos empuja a todos hacia una misma dirección, un lugar al que de seguro se llega acezando. Aquí se suda tinta para hacerse un poco de espacio, que alguien por favor le avise a la bestia ésa que estamos copados, que la continua competencia al parecer no arroja resultados positivos, que nadie gana, que ya no es chiste. La producción maníaca-desenfrenada acarrea ligeras sensaciones de bienestar y seguridad que se visten valientes de alternativas viables, siendo que no es más nutritiva y sabrosa que el jugo de basura.
He aquí que el hombre tiene vergüenza de su propio miedo a la observación en rabillo de los tesoros que cuida el mastín aquél, y esta condición de constante temor le sume en un divagar profundo con respecto a sus propias obligaciones. Se ve a sí mismo como un “marcado”, puesto que está constantemente en pugna con sus verdaderas intenciones, e intenta convencerse de que existe un estado de “purificación” en el cual regresará a su tierra natal recogida de historias árabes-judías, donde su merecida dignidad flotará a su alrededor para protegerlo. El miedo le hace perder el rumbo y, lamentablemente, no hay nada que hable más claro que un ladrido. Entonces es capaz de vislumbrar su misión auto-redentora como si se tratase de un compromiso para consigo mismo (la obtención de la dignidad), olvidando por completo las razones que le hicieron abordar tales metas. Se tropieza y se olvida de que es la época la que le ha ordenado que no mire atrás, a pesar de que un instante de gloria no se mancha por más estatuas salinas que zozobren por allí; además de que luego de eso no hay mucho más.
Lo amenazador del ladrido (la muerte de hambre, la vida de paria, el dolor, el frío, etc.) junto con la remotísima posibilidad de pronunciar alguna clase de opinión al respecto de la orden hacen toda la magia. Este diminuto hombrecillo conoce sus limitaciones y también sus objetivos. Y también sus obligaciones, su dirección. Se cree que se hace un favor, y de veras se convence de que es “su deber”. Craso error.
En algunos de los casos afortunados, la competencia por la dignidad apenas si se resuelve en recompensas mínimas para sobrevivir, aunque no está de más recordarle a nadie la existencia de un presupuestado porcentaje de personas como uno que reciben bastante menos que el peso del sudor que regalan. Por lo demás, el truco no está tan bien hecho como para que el instinto dentro del oscuro traje no se revuelva y chille como un revoltijo de celos. Se suceden y se suceden los tristones casos de personas quienes realmente preferirían no producir lo que producen, pero que se han visto envueltos en esta partida de Monopoly a punta de gruñidos, tal como uno.
Y, tal como uno, se han creído que descascararse, agriarse por la sociedad es su deber.
La Reconquista del Juego
acá que se aparece la primera parte (en el caso de estar divido en partes iguales o equivalentes. en el caso de que la geometría) de esta emprendida por lo incorregible.es de esperar (vamos, apoyen) que se suceda una sección especialmente ideada para publicar este libro completo, así no entorpecer florecimiento de nueva pornografía.
y bueno, a darle que se viene en papel!
LA RECONQUISTA DEL JUEGO
Que los pasteleros se ocupen de sus pasteles; ya los militares bombardearán sus ciudades tarde o temprano y los sacerdotes (pero, ¿es que aún existen? ¿en qué año estamos?) tendrán preparados sus salmos y sus cánticos a la luz de los acontecimientos; los dependientes funerarios pulen ahora mismo el cajón, y los redactores se revuelcan de egolatría ante sus obituarios. Los juegos de mesa colorean las vacaciones pagadas de miles de oficinistas, y los niños no pueden apoyar los codos mientras degustan platos típicos. Cantar y tararear está terminantemente prohibido.
Estamos en la mesa. Los jugadores tiran de los dados asegurando que el asunto no es magia, que la técnica existe y que ya está bien de habladuría, pues quienes se aburran deberán seguir hasta que alguno de los presentes se proclame vencedor. El juego no admite réplicas en este asunto: o se gana, o se pierde, pero una vez más estamos en la mesa, y en la mesa no se discute, o se gana o se pierde, simplemente, y tú te las arreglas.
De la cabeza de alguien surgen bellas frases que susurra al oído de la mujer que redacta las reglas del juego, le ponemos nombre al sujeto, y se acabó. Linda fiesta para la tercera persona del plural y carnaval de ganancias para los que nunca han tocado una ficha. Los peones de plástico que simulan sujetos circulan alegremente por las calles de una ciudad demasiado cuadrada para tener tantas atracciones turísticas. El color de las fichas no interfiere en el desenlace del juego, aún cuando empalague nuestra espiritualidad francesa. Que conste que el dinero es falso, y que no se come, bajo ninguna circunstancia.
Las líneas telefónicas sugeridas para supuestos clientes molestos se agrietan de tanto repetir las cláusulas detalladas en caracteres minúsculos sobre alguna pared de la estructura insípida de la morada del juego, receptáculo ingrato que le cobija y le canturrea antes de dormir. No se admiten quejas ni sospechas, la artística manipulación, ese no sé qué tan personal con el que aderezan las traducciones a miles de idiomas desconocidos por los contendientes, se considera superior a todo cuestionamiento, y funciona perfectamente bajo la supervisión de las leyes que la situación haya forjado para su legal amparo.
La empresa considera conveniente el raciocinio una vez que se haya ido uno a la cama.
NORMALIDAD Y DEFUNCIONES ARTÍSTICAS
De lo que pase detrás de un muro actualmente sólo pueden preocuparse los poetas locos o los nuevos novelistas. El muro está, y obstaculiza tu firmamento, eso es todo. Considérese afortunado si su retoño recita tablas de multiplicar acompañado del sol cada tarde, la mayoría de las ventanas de esta ciudad te sumergen en el maravilloso mundo del sudor de miles de hombres encaminado hacia la pared del frente; todo esto aderezado en bonito plástico, y el porcentaje de tu sueldo que se dibuja en las curvas de la niña que te sonríe en el muro no te deja ver ni el bosque ni los árboles.
El automóvil se desliza por la súperautopista, y pareciera que ya es hora de echarle otra ficha al juego, puesto que desde el aire la cosa se ve realmente peliaguda. No existe señal capaz de controlar el poderío de la máquina que pinta el mejor de los paisajes sobre el más estéril de los horizontes. Y desde el cielo el hormigón armado atina a ser el lienzo más oportuno para decorar con mis sesos si es que el paracaídas no se abre como dicen en las películas, y todo el dinero en vano. Ahí te ves.
Entonces la vida deja de ser esa carrera enfermiza hacia el break de cinco minutos, para perfumarse de esta sobredosis de endorfinas que las rejas de nuestras casas nos auspician tan complacientes. Mal que mal, la naturaleza sedentaria y el monopolio de la imagen virtual hacen bastante más cómodo el paisaje que no se ve, digan lo que digan esos acomodados de la metafísica y sus excelentes libros.
Y de nuevo caemos en la cuenta de que es domingo, esa especie de reloj alarma que te despierta tantas veces cada domingo tan sólo para decirte que es domingo, y que el domingo y que el domingo. Qué va. TODOS LOS DÍAS SON LUNES Y TODOS LOS MESES SON MARZO. El vaivén de la vida adoctrinada a un calendario, la camisa floreada que se pudre de polvo en invierno, la volada de pasta que son las vacaciones, el recreo, el domingo a misa. Aprovechar la ley de gravedad para destrozarse en el ardiente asfalto, con los niños al hombro y las cuentas lejos, allá en casa, donde sí que es lunes, no como hoy, que es domingo, como ya intuíamos.
Y la revelación ésa de que los viejos tiempos, de que las togas, la filosofía. Los viejecitos demócratas sodomizando niños tal como lo hacen ahora, los esclavos que me inventan el hambre… Ah, la vida sin el asunto ése de dejar el anuncio publicitario durmiendo con nuestra mujer, afeitándose esa prótesis mandibular imberbe que sacude las bragas de miles de jovencitas, mientras los zapatos muerden si no se va en línea recta hacia el trabajo, hacia eso que no es la cama.
Y luego dirán que reconforta, que la empresa lo paga, que a los sesentaicinco años sí que se sabe lo que es la vida, y no se anda con tonterías, que la vida es una y que por favor dile a tus hijos que jueguen en otro lado, que este filosofar se merece silencio.
Claro. Silencio. Eso es lo que le daremos a nuestros hijos. Lo entretenido del silencio, la comunicación no-verbal, el movimiento suave de los pétalos y del pedazo de cielo que se divisa por entre los rascacielos que chillan de tanto peatón adentro. Porque hay un horario determinado para ocuparse de las cosas serias, y eso, hasta las ratas lo saben.
Sino pareciera que el mundo colapsa, que el comunismo, que la drogadicción, que el aborto; que a un par de gorilas se les olvida el silenciador y el terrorista parece que era víctima, y que ahora volemos el bonito reloj londinense, a ver cómo se las arreglan éstos que ordenan el mundo. A VER CÓMO SE LAS ARREGLAN SI RESULTA QUE NADIE SE LEVANTA, si resulta que hacer el amor por la mañana es mejor que masturbarse entero terneado y frente al más chillón de los errores de Windows, si resulta que los supermercados revientan de mercadería y parece que la Tierra da para más, y que nunca nos habían necesitado menos.
I WANT YOU
Si los obreros han construido los palacios de Europa y América una y otra vez hasta el cansancio, y resulta que comemos carne y mordisqueamos una belicosidad propagandística cocida a la cotidianidad de una telenovela para asesoras del hogar, mientras se repletan de burocracia los salones de la moral única de este pensamiento único, y el aceite de ricino y las comunicaciones al apoderado retumban sobre nuestra frágil memoria de transeúntes domésticos, la pregunta va más o menos así: ¿Hemos sido capaces de bailar por nuestra cuenta? ¿Lo seremos algún día? ¿Quién inventó aquel bailecito adormecedor de trámite subterráneo y de cola de supermercado?
Ah, creo que nos hemos equivocado de número otra vez. Pero qué culpa tenemos, si todos los teléfonos de esta ciudad empiezan con el número dos.
Dicen por ahí que, a falta de pan, buenas son las tortas. También dicen que el amo nos alimenta. Que sin él, moriríamos de hambre, frágiles como argumento de deportista, ridículos como viejas de iglesia. La responsabilidad de cargar con la brújula siempre hacia el norte nos ha nublado un poco la cabeza, chicos. Los libros de clase no representan necesariamente el pensamiento de esta empresa educacional.
El asunto radica principalmente en la inversión indiscriminada, la gula de este linaje de monos chapados a la antigua. Lo cierto es que el uniforme pesa, la mochila pesa, la imaginación pesa. Desde que la responsabilidad se abalanza silenciosa sobre nuestras vidas, cargamos con la economía, el bienestar de las ballenas y la dirección del tránsito. La virginidad de millares de chicuelas pende de nuestros codos afilándose en algún lugar de la charla moralizante del deber, jugando a memorizar lo que el buenazo del pizarrón tiene para enseñarnos. Hay derecho a experimentar la autenticidad del sentirse especial, puesto que los que escriben la historia tienen puestos sus ojos sobre ti, y no es fácil zafarse de este regateo didáctico.
Y el cronograma va más o menos así:
Te visten.
Te hablan.
Escuchas.
Apruebas lo que recién has escuchado.
Se te somete a juicio.
Se reparten premios y castigos ante el regocijo del público enardecido.
Alguien se frota unos manos largas y viciosas, en actitud satisfecha.
Una vez que se aprende que esa casilla de medio centímetro por medio centímetro te pertenece y te necesita, jamás se olvida. Desde que se es responsable del negocio familiar uno se despreocupa del paisaje. Que te pinten lo que quieran. Hay un dedo que apunta, un ojo que ve y muchas cifras que empujan fuerte.
Bella, Libre & Alegre: Anarquía Salvaje
Una ‘conversación’ con Jesús Sepulveda en torno al Jardín de las Peculiaridades y otras guarrerías. En el próximo post la continuación.
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(RN) “El Jardín de las Peculiaridades” me parece una muy buena iniciativa, un buen texto. Teniendo a las ideas, la cultura, por formas de vida, le decía a un amigo que lo propuesto en “El Jardín…” es una linda adaptación del ideario anarcoprimitivista a los ecosistemas culturales latinoamericanos. Aún así me gustaría conversar algunas de tus afirmaciones de “El Jardín…”, del Foro que hicimos en el Centro Cultural Patio Petrarca y otras cosas.
En “El Jardín…” te manifiestas contra el patriarcado y el género, pero no te refieres explícitamente a la familia patriarcal monógama moderna ni a otras alternativas ¿Cuál es tu opinión al respecto?
(JS): Antes de responder específicamente a tu pregunta, me gustaría ampliar un poco lo que dices en relación a El jardín de las peculiaridades. Creo que efectivamente es un libro que se podría contextualizar en el ecosistema latinoamericano, en la medida que incorpora el ideario indigenista a la discusión anarcoprimitivista. En tal sentido, abre un espacio en la subjetividad anarquista. Porque ya no se trata sólo de demostrar que la vida en la horda primitiva “europea” era infinitamente más libre y justa que en la familia civilizada, sino que también ahora podemos comenzar a mirar hacia las comunidades autóctonas del continente, que han mantenido cierto grado de autonomía y libertad frente al proceso civilizatorio. Ésa es la perspectiva que aporta este libro. En junio de 2001 publiqué en el número 6 de Green Anarchy [Anarquía verde] un texto titulado “Resisting Western Civilization. Notes on the Zapatista Army of National Liberation: EZLN” [”Resistiendo la penetración occidental. Notas sobre el Ejército Zapatista de Liberación Nacional-EZLN”], a propósito de una discusión que se dio en los círculos antiautoritarios norteamericanos. Allí planteaba que el anarquismo era una respuesta occidental a los sistemas políticos de occidente; mientras que el movimiento zapatista era la respuesta actual de los pueblos mesoamericanos a la penetración occidental en sus comunidades. Obviamente, hubo mucho debate al respecto: se organizaron foros y mesas redondas, me invitaron al programa comunitario de televisión cerrada Cacadia Alive, que se transmitía entonces en Eugene, y a la Radio Anarquista, que todavía conduce John Zerzan. La idea de que la anarquía y los movimientos indígenas lucharan contra el orden civilizatorio y sus prácticas estandarizadoras causó revuelo. Theodore Kaczynski envío una carta desde la cárcel rebatiendo mi punto de vista, y el ambiente se animó con inteligencia y pasión. Al mismo tiempo, el mundo indígena, con su sabiduría ancestral, se instaló en la palestra de la discusión anarca, ampliando los marcos teóricos y el radio de preocupaciones de la anarquía verde. Ese mismo año escribí El jardín de las peculiaridades (entre abril y ocubre de 2001), que luego se publicó en Buenos Aires en febrero de 2002, meses después del estallido argentino. En tal sentido, mi labor como escritor y pensador latinoamericano no ha sido adaptar un pensamiento primermundista a un contexto latinoamericano, como ha ocurrido en la mayoría de los procesos de colonización intelectual, sino que ha sido aportar, en medio de la discusión y elaboración del corpus teórico de la anarquía verde, una perspectiva peculiar, desde el punto de vista de un latinoamericano inserto en el contexto antiautoritario estadounidense. De hecho, El jardín… se ha ido publicando parcialmente en cada número de Green Anarchy desde el año 2001 hasta la fecha (ahora la revista ya va en el número 20 y ha alcanzado un tiraje cercano o superior a los diez mil ejemplares). Por lo mismo, El jardín…ha devenido en un libro que ya es parte de los planteamientos de la anarquía verde, y que al mismo tiempo, ha ido contribuyendo a elaborar esos mismos planteamientos.
Respecto al tema de la familia moderna, hay varias cosas que decir y que se han quedado en el tintero. La primera es que la familia moderna ha constituido el núcleo central de la expansión en occidente, tanto mediante su labor económica de producción y reproducción, como mediante su presencia instrumental en el ejercicio de la soberanía nacional en aquellos territorios ocupados por los estados modernos en formación (siglos XVIII y XIX). Es decir, la familia ha cumplido el rol del estado allí donde el estado no ha podido tener mayor presencia, deviniendo en uno de los tentáculos del estado moderno incipiente. La familia patronal -latifundista y colonizadora- era el centro social alrededor del cual giraban las empobrecidas familias de los peones. El fundo, institución heredera del sistema de encomiendas, fue el feudo a través del cual se territorializaron los estados modernos en América Latina. En muchos casos la monogamia no tuvo mayor importancia para la familia patronal. Por el contrario, a fin de perpetuar el sistema ideológico patriarcal, se aceptaba -a veces a regañadientes y otras con orgullo y admiración- la promiscuidad del padre, que sembraba hijos y violaba mujeres en la medida que se llevaba a cabo el proceso de acumulación de capital en el latifundio. Sabido es que la “bastardía” mestiza devenía en mano de obra necesaria que, no sólo enriquecía a la “sacrosanta” familia patronal, sino que también blanqueaba la “raza”. Por otro lado, en el siglo XX, se comienza a proyectar la familia pequeñoburguesa con pocos hijos (máximo tres), destinados a ser parte del engranaje burocrático del estado o de la maquinaria productiva industrial. Esta familia realza la monogamia como valor imperioso, pero promueve la promiscuidad masculina como valor viril, al tiempo que castiga, incluso con severas leyes, el adulterio femenino. O sea, la idea de la monogamia tiene que ver con una imposición machista para controlar a las mujeres y perpetuar el patriarcado. No se ha probado que los seres humanos seamos monógamos o polígamos. Sólo sé que los cisnes de cuello negro -aves en peligro de extinción por los efectos contaminantes de la celulosa Arauco en el río Cruces de Valdivia- son una especie monógama. Me imagino que hay otras. Pero los seres humanos no somos ni monógamos ni polígamos. Optamos. Además, la poligamia institucional también tiene sus fuertes raíces en el patriarcado. Hay comunidades indígenas en que el cacique adquiere esposas como si fueran caballos. Algo similar ocurre en algunas tribus beduinas. Pero también hay otros casos de comunidades tribales matriarcales africanas donde la mujer es la que tiene varios maridos. Obviamente, el matrimonio es una institución social que enjaula el amor y nada dice respecto a la desenfrenada líbido y a las verdaderas emociones que habitan en cada individuo. Creo que los seres humanos debiéramos ser lo bastante libres como para elegir acostarnos con una persona por el resto de nuestras vidas o con muchas si así lo quisiéramos, siempre y cuando no se dañe el sentimiento y la autoestima de los otros u otras, ni se actúe en forma encubierta mediante tretas embusteras que niegan nuestra conducta sexual frente a nuestras compañeras o compañeros. La libertad significa optar por tener abiertamente relaciones monógamas, polígamas, heterosexuales u homosexuales, sin que ello implique escándalo, trauma, persecución o culpa alguna. Si hay quienes prefieren la orgía o los ménage à trois a una relación de pareja, es una cuestión del cuerpo de los involucrados en aquellos actos de placer y nadie tiene la autoridad para reprimir -o reprender- lo que el cuerpo ajeno hace. Hay que recordar que el cristianismo controla mediante la flagelación del cuerpo. Cuerpos ascépticos, limpios, sin tatuajes ni perforaciones, es lo que la iglesia le exige a sus feligreses. La liberación pasa por aceptar nuestro cuerpo y nuestros deseos como elementos constitutivos de nuestra naturaleza y nuestra conciencia. Lo que hagamos en la cama, o en la calle, en los hoteles parejeros, en los bosques o donde sea, es una cuestión de opción personal. La libertad no radica en ver con quién nos encamamos o cuántas veces lo hacemos y de qué forma. La libertad radica en el tipo de relaciones que establecemos: autoritarias y jerárquicas, reproductores de las dinámicas de poder, o libertarias y frescas, que apuntan a la liberación individual y colectiva. Nadie debiera prescribir recetas de comportamiento sexual: ni el teólogo, ni la matrona, ni el dentista, ni el suegro. El estado chino, por ejemplo, prohibió durante muchos años tener más de un hijo. Para tal control el estado comunista chino forzaba a la mujeres a abortar, las esterilizaba o, simplemente, practicaba el infanticidio. Los laicos entregan condones. Los curas ofrecen el infierno. La liberación sexual tal vez pase por etapas que desencadenen otras liberaciones. Quizás el amor libre sea una fase de liberación de las marcas coercitivas que la sociedad impone mediante sus procesos de adoctrinamiento y domesticación. Freud ya lo dijo: para que haya civilización se debe reprimir el canibalismo y el incesto, los dos temas realmente de tipo tabú del mundo civilizado. Todo lo demás es negociable: la poligamia, la monogamia, el bisexualismo, el sadomasoquismo e, incluso, la violación; pero ni el canibalismo ni el incesto son aceptados por la conciencia civilizatoria. Éste es el límite último de la civilización. Liberarse entonces implica sacarse la camisa de fuerza de la represión mental, a veces con cuidado sutil y extremo erotismo, otras con pasión feral, llena de fruición y deseo. La imaginación no sólo es mental sino que corporal. Y no estoy proponiendo comernos entre nosotros. Lo que digo es no dar pábulo a discusiones que conlleven a convicciones estériles. En última instancia, depende de cada cual donde tira el cuerpo y se acuesta. El resto es paja volátil.
(RN) ¿Cómo sientes el anarquismo aquí? ¿Sientes en Chile una crítica anarquista a la civilización y al progreso?
(JS) Creo que el anarquismo en Chile tiene una larga historia a través de sus diversas prácticas libertarias. Los mapuches, por ejemplo, lograron cierta autonomía en su territorio a través de la guerra de guerrillas que condujo al tratado de Quilín de 1641, en el cual los españoles se vieron forzados a reconocer la nación mapuche. A pesar de las permanentes incursiones hispanas en territorio mapuche, esa autonomía no fue quebrantada sino hasta 1810, año en que la naciente república incorporó como chilenos a toda la población territorial al estado nacional. También hubo conatos libertarios en las mancoumunales mineras y en los sindicatos de artesanos del siglo XIX. Fuertes huellas dejaron en el imaginario libertario los españoles Antonio Ramón y Buenaventura Durruti a principios del siglo XX. Uno apuñaló al general Silva Renard por haber asesinado a su medio hermano, y el otro realizó el primer atraco a mano armada a un banco chileno. Varios escritores nacionales también abrazaron la causa anarquista y vivieron como pájaros libres, a pesar del infortunio y la poca solidaridad del medio literario. Durante la primera mitad del siglo XX, la izquierda tuvo el triste honor de hundir al movimiento anarquista, cooptando a sus seguidores, reprimiendo a sus activistas y sembrando un discurso antianarquista que prendió como maleza en la falsa conciencia popular. El marxismo militante impuso la dicotomía idiota entre proletario y pequeñoburgués, adjudicando a este último un valor negativo que representaba la supuesta falta de disciplina revolucionaria. Dicha disciplina –coercitiva y comunista- azotó las experiencias libertarias con el látigo de las purgas y creó desconfianza en los obreros que simpatizaban con el anarcosindicalismo. Creo, sin embargo, que en los útimos cinco años el anarquismo ha resurgido de las cenizas con muchísima fuerza a nivel mundial. Esto tal vez se deba a la batalla de Seattle de noviembre de 1999, que recoge la tradición de mayo del 68, actualizando y renovando la revuelta. Grupos de choque que aparecieron en Praga, Quebec y Génova después de Seattle, se expandieron como flor que poliniza en primavera, mientras el colectivo Bloque Negro fue adquiriendo presencia internacional. Santiago tuvo su breve revuelta en noviembre de 2004 contra la cumbre APEC. Y a pesar del control policíaco y las restricciones del Foro Social Chileno, hubo una marcha de 60 mil personas con quebrazón de ventanales de bancos y un asalto al hotel donde se alojaba la delegación rusa. Cabe mencionar que un elemento importante del anarquismo de nuevo cuño es su antiindustrialismo. En tal sentido, el lema de la Comuna de París de 1871: “Nous avons le droit à la paresse” (tenemos derecho al ocio), se ha revitalizado con toda su potencia antiesclavizadora. La idea marxista de que el trabajo desaliena y dignifica ha fomentado el paraíso industrialista con obreros estandarizados de falsas sonrisas tras el mostrador de la producción en serie. No importa si son obreros con mameluco azul y chapita de oro en el pecho, o si son robustos labradores con overol rojo. El industrialismo que promueve este proyecto de socialización conduce por distintos caminos a la misma cárcel del espíritu y al mismo modelo societal estandarizador, ecocida y alienante. El progreso organiza masacres sofisticadas y acelera la devastación del planeta mediante una ética del trabajo que fomenta la producción en masa, ya sea calvinista o socialista. Y esto, poco a poco, comienza a ser más evidente. Incluso algunos jerarcas incorporan hoy en día el tema del cambio climático en sus agendas demagógicas para ganar votos y simpatizantes. Claro está que el fin de la era del petróleo se aproxima. Así, en mi última estadía en Chile, vi el surgimiento de voces acráticas de tonalidad bella, libre y alegre, que tienen plena conciencia de lo que pasa. Y a pesar del control al que ha sido sometido el país mediante el discurso mesocrático de los medios masivos y de la conciencia centrófila hegemónica, que privilegia la cretinización y la automatización por todos sus poros, noté un bello revuelo contracultural que se esparce como micelio en el bosque. Algo que me llamó la atención fueron los centros contraculturales que abren espacios de encuentro y de inquieta subjetividad peculiarizadora. En Niebla, por ejemplo, mi compañera (Janine) y yo tuvimos contacto con los protagonistas del Centro Maldito País, que organizan actividades comunitarias en una ruka que ellos mismos construyeron. En Valparaíso fui invitado por ti y los otros compañeros salvajistas a parlotear en el patio Petrarca en el cerro Los Lecheros, que funciona -me parece- como un centro contracultural cuasi-okupado. Allí conocí a hermosas personas y especialmente a un niño de dos años llamado Libertad, que miraba y sonreía bajo la luz malva de la tarde valparaísina. En marzo de este año (2005) se hizo el primer Foro Anarquista en pleno barrio Brasil de Santiago, después de décadas y décadas de atomización y desamparo. Anarquistas de distinto lomo y pelaje se reunieron para intercambiar ideas, conocernos y echar a rodar la bola disensual y antiautoritaria. Incluso llegaron compas de otras landas del continente. El Foro se llevó a cabo en el Centro Manuel Rojas, que con su solo nombre brinda tributo a ese gran escritor anarquista que estuvo a uno y otro lado de la cordillera. Obviamente, he visto una fuerte crítica a la civilización en el grupo salvajista al que tú adscribes. Y eso me parece excelente. Creo que mi libro, El jardín de las peculiaridades, comienza a tener lectores en este nuevo circuito contracultural que no existía hace tres o cuatro años en Chile. Sin embargo, intentos de reconexión con el planeta y la pachamama registrados como aventura intelectual en sendos y dinámicos textos ya han habido desde mucho antes. Tal vez no han sido bien leídos hasta la fecha, porque el ambiente de conciencia imperante ha sido incapaz de recepcionarlos. Pero eso no implica su inexistencia, sino su invisibilidad en el mundo mesocrático, que intenta borrarlos y ningunearlos. Pienso, por ejemplo, en los planteamiento endiobióticos anticivilizadores de Rodrigo Gaínza y Jimena Jerez, o en el nihilismo oscuro de Rodrigo Naranjo. También habría que mencionar la labor de Rodrigo Vicuña Navarro, que en la década del noventa tradujo y editó La sociedad del espectáculo de Guy Debord y publicó el pasquín libertario Nexo, incorporando la crítica situacionista al medio local. Noto también el surgimiento de una actividad de difusión de literatura anarquista por medio de editoriales intermitentes. Las ediciones Pensamiento Libertario y Pájaro Negro son prueba de ello. Esta última editorial publicó en noviembre de 2004, durante la coyuntura de la marcha anti APEC, el manual anarquista Historia sin cadena que, según mi hermano -uno de los editores- ha estado circulando con gran fluidez en aquellos centros alternativos de difusión que sirven de intercambio y espacio de convivencia. Tal es el caso de las librerías ácratas del mercado persa de Bío-Bío. Hay que rescatar además la actividad solitaria e incansable de íntegros resistentes que disparan en la red como francotiradores, sin haberse transformado necesariamente en ciberántropos u émulos decaídos de los antiguos linotipistas del barrio San Diego. Pienso, por ejemplo, en el infatigable Lagos Nilsson, autor del folleto Contracultura y provocación y editor de El jardín de las peculiaridades, que hace un año se mudó a Santiago, luego de haber publicado 16 títulos en Buenos Aires. Su trinchera www.pieldeleopardo.com ha estado abierta sin sectarismo al pensamiento libre y a la literatura, pero con mucha cautela y rigor. Lindo también es ver que hay otro tipo de preocupaciones en la mente juvenil. Supe que en el paraninfo de la Universidad Austral se realizó hace poco un panel para hablar sobre las propiedades medicinales de la marihuana, y que el 15 de mayo de este año se hizo una marcha en el Parque Forestal por el millón de pitos. Me preguntas cómo siento el anarquismo en Chile. Lo veo fluir, sano y fresco, haciendo revivir las cajas de las mentes muertas.
(RN) En “El Jardín…” propones sobre todo una toma de consciencia, “el resto vendrá después” dice Álvaro Leiva en la contratapa. ¿Que opinión tienes de Theodore Kaczynski y de los atentados que se le atribuyen?
(JS) Ted Kaczynski tiene una personalidad compleja. Su análisis de la civilizacón es correcto, pero su enfoque casi exclusivo en la tecnología lo hace algo obseso. Claro está que la tecnología no es neutral, por cuanto produce jerarquías que nutren la opresión y el control, obedeciendo a una ideología colonizadora de la mente y del planeta. La maquinaria tecnológica está absorviendo nuestro espíritu y transformando a los seres humanos en autómatas y ciberántropos, sin conexión ni con la Tierra ni con otros seres vivos. La tecnología ha devenido en la summa mediatizadora de la alienación. Pero la tecnología es también la manifestación de la razón instrumental que, siguiendo a Heidegger, es un módulo (Ge-stell) que opera como sistema de mediación entre la conciencia y el entorno, y que filtra la percepción de la realidad. Dicho filtro establece justamente el pedestal racional para que exista el pensamiento tecnológico y la racionalidad instrumental. En tal sentido, el módulo “Ge-stell” puede ocultar o permitir que las presencias se ofrezcan como apariencia. Éste es el sentido de la “tecnê“: fundamento de la tecnología. Pero la apariencia de la presencia se puede constituir a través de una planta nuclear con fines armamentísticos que encarne el conocimiento de la física cuántica y de la relatividad, o a través de un poema, que le brinde una forma verbal a la emoción: tecnê versus poiêsis, instrumentalidad versus estética. Éste es el dilema. Obviamente, la funcionalidad del pensamiento instrumental ha desplegado un complejo militar e industrial sin precedentes. En el uso de la yesca para producir fuego ya hay un pensamiento tecnológico, pero sería exagerado compararlo al pensamiento tecnológico industrial. Los homo erectos, homo faber y homo sapiens hemos convivido con nuestra racionalidad por mucho tiempo, pero no ha sido sino hasta la revolución industrial que el proceso de estandarización humana y planetaria se ha acrecentado a niveles monstruosos. Evidentemente, es necesario hacer algo para detener esta megamáquina egocrática, pero mandar cartas-bombas no es mi modo de hacer las cosas. En tal sentido, me siento más cercano al Frente de Liberación de la Tierra (Earth Liberation Front), que propone el sabotaje a la infraestructura industrial sin poner en riesgo ninguna vida humana ni animal. Por lo mismo, creo que si hablamos de ética, ésta tiene que ver con el respecto más estricto y absoluto por todas las criaturas vivientes. Y no lo digo en el sentido de los monjes Jaїn de la India, ni tampoco en un sentido budista ni hinduista, sino que de un modo claro y directo: mi idea de anarquía es hacer florecer la vida y no derrumbarla en su relación especular con el sistema. Me opongo a la muerte, a menos que sea natural. Los indios navajos oraban por cada búfalo muerto que los alimentaba, honrándolos por medio de una celebración ritual de la caza. Los hoopas le agradecían al mar cada vez que pescaban. Los mayas todavía realizan rituales de retribución por cada cosecha anual. Cuando depositemos nuestro cadáver en la tierra y el ciclo natural de la vida se reanude habremos cumplido con nuestra última retribución. Lo mismo ocurre cuando lloramos a nuestros seres queridos que han partido al corazón de la Tierra, porque a través del duelo emocional realizamos un acto de retribución por todo lo que el planeta y el difunto nos han brindado. Pero extraer la energía del planeta, que nos da la vida, sin devolverle nada, es un acto de vampirismo que conduce a la autodestrucción. Uno puede tener análisis correctos, pero eso no es todo. La actividad mental e intelectual es una parte de nuestro ser, que no está completo si olvidamos nuestro espíritu y nuestro corazón. Matar por convicciones es perpetuar el modelo ideológico civilizatorio. Es prolongar la guerra. Tratar de convencer a otro a como dé lugar, es comportarse como misionero cristiano o militante mormón. La mejor manera de defender la Tierra y autodefenderse de la agresión política, policial, militar, imperial, industrialista, desarrollista, invasora, conquistadora, ecocida, genocida, etcétera, es respetar la vida a ultranza, sin prestar oídos a la bocaza de los comisarios. En mi texto “Antiegótico” (inédito) digo que un ser liberado refulge. Cuando uno trata de liberarse de las atrofias y traumas inoculados por el orden civilizatorio y la cárcel de lo simbólico, está actuando de un modo radical, porque rompe la cadena opresiva que impone la dialéctica de los dominadores. Chellis Glendinning ha escrito respecto a los traumas que engendra la civilización occidental y sus posibles vías de sanación a través de un proceso espiral que reestablezca nuestras relaciones con la Tierra, la comunidad y nuestro ser interno. Creo que el resplandor de la liberación se proyecta en el tramado cósmico donde se hila la vida interdependiente que percibimos en este ambiente de conciencia que forma la realidad. Allí no hay control, ni voluntad, sino intención. Por supuesto, en el terreno cotidiano hay que desafiar a la autoridad a fin de ir debilitándola poco a poco, ya sea a través del sabotaje en la noche clandestina, o pasando la valla del metro sin pagar el boleto, haciéndole así mella al estado, al fisco y al gran patrón. Buscar la independencia económica es otra forma de liberarse. Negarse a la participación en el mundo social son formas pacíficas de resistencia que aceleran la presión arterial de los mandamases. Rechazar sus argumentos, no ver el mundo que presentan, rechazar sus periódicos, no prestar oídos a sus noticias, libera y sana. Comenzar a cultivar el propio alimento, enlodando las manos en la tierra, llena de gusanos saltarines y primordiales, es un acto más poderoso que pegarle un tiro a un cabrón. Esto no niega la autodefensa, necesaria para romper la dialéctica del esclavo y del patrón en ciertas ocasiones. Pero hay que vivir y continuar el ciclo de la vida con ternura y pasión. La urgencia puede ser pura paranoia y malsana obsesión, que en vez de liberar tiende a abrir nuevos conductos en la mente para que entre el tubo grosero de la locura, la política y la alienación.
(RN) Propones lo estético, el arte, como algo que debiese fundirse con la vida. Hakim Bey pareciera tener una visión similar. ¿Qué opinas de sus propuestas, con cabida en lo urbano, como la TAZ, el Inmediatismo o el Tong?
(JS) En El jardín… propongo que la aparición de la conciencia, manifestada por medio de la interioridad y la verbalización, constituye el primer paso de desconexión entre los seres humanos y el planeta. Para mí el dilema está en que sólo a través de la conciencia, que es la fuente primigenia de separación, podemos darnos cuenta de este proceso, albergando la esperanza de volver algún día a reconectarnos con el planeta antes de sucumbir y extinguirnos como especie. John Zerzan sostiene que esa separación proviene de la división del trabajo: fuente de la domesticación y la agricultura, y con ellas, del pensamiento simbólico. Barbara Ehrenreich sugiere que la transformación del ser humano de presa en depredador habría iniciado las guerras y acabado con el matriarcado. También se ha señalado el descubrimiento del fuego como percutor de la conciencia racional, funcional y ambiciosa del ser humano. Obviamente, todas estas ideas son discutibles por su carácter hipotético, lo que está muy bien porque nos hace soñar y divagar. Hay, sin embargo, algo en común en todos estos planteamientos: la aceptación de que existe una racionalidad operando en la conciencia humana, ya sea con fines de sobrevivencia o de dominio. Ese raciocinio puede ser instrumental. Para la escuela de Frankfurt, la razón instrumental se vuelve dominante con el decurso de la historia. Tal vez su aparición hegemónica se manifiesta primeramente con el surgimiento del logos griego, o quizás antes, con la invención de la escritura y el comienzo de la agricultura, hace unos 10 mil años atrás. Probablemente ya existía en la mente de los primeros homínidos del paleolítico inferior que construyeron herramientas mediante la talla de la piedra. Lo importante es entender que la razón instrumental no es el único raciocinio humano existente. También existe la razón estética. Lo que propongo entonces en El jardín… es el reemplazo de la instrumentalidad intelectual por la contemplación estética. En tal sentido, la separación entre arte y vida impuesta por la civilización tendería a desaparecer. Está claro que si la vida no estuviese mecanizada en forma alienante, sujeta a la tiranía del reloj y al látigo salarial, no habría motivo para buscar aquello que le falta en el arte y la estética. Justamente aquello que le falta a la vida alienada –la maravilla- es lo que engendra descontento. Por lo mismo, si en vez de filtrar nuestra relación con el todo mediante el quehacer funcional, nos mimetizáramos con la naturaleza a través de una práctica creadora y autosustentable, embelleciendo la vida en vez de buscar mecanismos de control debido al miedo que tenemos de vivir y morir, nuestra existencia en la esfera azul sería mucho más placentera y plena. Esta fusión de arte y vida coincide con lo que plantea Hakim Bey. En tal sentido, ambos buscamos una suerte de inmediatismo; vale decir, aspiramos a la realización de la vida sin mediación, aunque el arte ya es en sí una apropiación de la realidad mediante el filtro simbólico mediatizador. Sin embargo, el inmediatismo es también la sincronía existencial: la vida ocurre simultáneamente como un mandala vivo, mientras todo pasa en seguida y al tiro, con inmediatez, en un presente permanente que forma cada situación. Coincido además con Bey en la importancia dada a las fiestas a fin de catapultar la ocurrencia de un cierto inmediatismo liberador. Él propone la cena –o el potlatch, que es una ceremonia practicada por los indoamericanos de Oregón y Washington- como táctica de liberación. Yo he hablado de los carnavales y los malones, que son ceremonias y actos festivos más cercanos a la sensibilidad de América Latina, como formas celebratorias de reconexión con la tierra, la comunidad, la pachamama y el presente (hic et nunc). A pesar de que el catolicismo ha tratado de cooptar estas prácticas celebratorias, hay un elemento liberador que tiene que ver con la comprensión de la inmediatez de nuestro cuerpo, que está presente aquí, ahora y siempre, con toda su cruda materialidad. Así como los situacionistas y los anarcoprimitivistas han propuesto el rechazo y la no participación en el sistema, negándose a cooperar con la máquina domesticadora, la celebración festiva tiene la gracia de permitirnos vivir libre y alegremente en esas ranuras intersticiales que la maquinaria estandarizadora no ha logrado normalizar. Además, la liberación mediante la fiesta ociosa, que niega la productividad y el trabajo funcional, tiene la gracia de permitirnos vivir sin tener que estar confrontándonos a la maquinaria bélica del sistema en forma cotidiana. Esto nos libera de la paranoia y del miedo, además de que nos vuelve sujetos más sensibles. Pero ojo que no estoy hablando de la pachanga donde el macho se sienta a comer y tomar, mientras la dama le sirve entremedio de cada bravuconada. Estoy hablando de prácticas celebratorias comunitarias y sensibles que liberen a cada cual para que el espíritu de la libertad florezca. Esos intersticios de libertad son los que Bey llama zonas de autonomía temporal, donde brotan espontáneamente áreas liberadas, ya sean territoriales, temporales o imaginarias. Para ocupar dichas zonas se crean conexiones clandestinas de funcionamiento, que pasan en forma invisible ante los ojos cansados del pesado Moloch babilónico, cuya expresión moderna es la sociedad panóptica de control –o la sociedad del espectáculo y de la simulación, según las jergas debordiana y beyana-. Bey busca en las prácticas de los Tong –sociedades secretas decimonónicas chinas- un modelo operativo para que los activistas contraculturales de las zonas temporalmente autónomas y salvajes puedan vivir, sin tener que lidiar con el sistema y las amarguras que éste provoca. A mi modo de ver, estas prácticas ya existen y funcionan bellamente, sin necesidad de reproducir la jerarquía de las sociedades secretas. Los casos de las resistencias chiapaneca y mapuche son reveladores. Las casas de los okupas, los centros contraculturales, las comunidades intencionales, son todas formas de liberación que apuntan hacia la autonomía. Y en tanto zonas autónomas, traspasan el esquema binario campo-ciudad impuesto por la modernización industrialista. Por consiguiente, la urbanidad o ruralidad de sus entornos no las determinan. Eventualmente, el planeta se llenará de zonas liberadas que constituyan una constelación de comunidades libertarias y antisistémicas que terminarán cercando el rostro opaco de la cloaca industrialista sobreimpuesta como segunda naturaleza. Si eso llegara a ocurrir, el arte se transformaría en una práctica vital cotidiana, borrando la línea divisoria que le permite al arte cosificar la vida. En tal sentido, Bey recoge ciertos planteamientos vanguardistas de transformación de la vida en arte y viceversa. Así, las zonas temporalmente autónomas (TAZ, por sus siglas en inglés) -que recrean el término “interzona” de William Burroughs- no son sólo el instersticio sicológico que se alcanza mediante la apertura mental (sicotrópica y creativa) ni la zona movediza de frontera en los contextos biculturales, sino que también son el desplazamiento agitanado del ser que deviene permanentemente en artista. Para Burroughs, la interzona es el cruce de la realidad empírica y estandarizada con la irrealidad que provoca la percepción abierta por la alteración sicodélica. Para entrar en dicha irrealidad, es necesario alterar los estados de conciencia mediante el puente alucinógeno. Los surrealistas planteaban que la alteración de los estados de conciencia se logra a través de la ensoñación que habita en el inconciente. El estado de ensoñación cuenta con el poder de subvertir la realidad conciente del mundo en vigilia hacia un estado suprarreal. Tal estado se manifiesta en la escritura automática que produce imágenes oníricas y que acerca a la maravilla. La técnica de la escritura automática es recogida por Burroughs en su escritura de frases cortadas. Luego Kerouac la recrea en su prosodia rítmica jazzística. Y Carlos Castaneda propone el estado de ensoñación como fase de aprendizaje para que el brujo comience a conducir sus sueños lúcidos. Sin embargo, el gran proyecto surrealista, más allá de sus técnicas específicas, era transformar la realidad a través del arte. Para ello, era necesario desmantelar la esfera institucional del arte, que fomentaba –y fomenta- la separación arte-vida, manifestando el arte en la praxis cotidiana (de ahí la abundancia de los manifiestos vanguardistas). El propósito surrealista era devolver el arte a lo cotidiano. Peter Bürger habla del principio de eliminación del arte en la vida, porque al romper la institución del arte, éste se manifiesta en la vida, confundiéndose con ella a tal extremo que el arte se elimina. Así sólo queda la vida, que es arte y maravilla al mismo tiempo. No obstante, un concepto que a mí me parece crucial de Hakim Bey, y que lo separa de los vanguardistas, es la autonomía. En tal sentido, hay una cercanía entre el “presente permanente” de El jardín… -que yo incluyo a propósito del poema de Octavio Paz- y su concepto de zona autónoma transitoria. Dicha noción de autonomía rompe con el concepto vanguardista de novedad y tiempo lineal, puesto que los vanguardistas querían realizar el futuro en el presente. Para Bey la autonomía no existe necesariamente en relación a un espacio físico o territorial, sino que también en relación al tiempo, que es transitorio y presente. La idea de abrir entonces espacios transitorios de autonomía en un ámbito temporal es un concepto liberador. La comunidad libertaria existe en un presente transitorio, que muta en la medida que transcurre el tiempo a través de nuestro cuerpo. Es justamente en la revalorización del cuerpo -en tanto constelación de una materialidad caótica y festiva- donde los planteamientos de Bey y los míos se entrecruzan, por cuanto coincidimos en que el conocimiento taxonómico descompone la realidad material, extirpándole –paradójicamente- la materialidad a lo real. No comparto, empero, su visión sobre las sociedades secretas, porque no creo que la clandestinidad conduzca necesariamente a la invisibilidad. En cuanto a la geografía (rural o urbana), no pienso que prime sobre el tiempo, sino más bien -me parece- que es un accidente circunstancial que desenrolla situaciones. Al respecto, quisiera llamar la atención sobre el “Proyecto A” de Horst Stowasser, que propone copar pueblos pequeños mediante un trabajo de hormigas, a fin de poder implementar lo que él llama la “anarquía vivida” en oposición a la “anarquía panfletaria”. Su modelo es, fundamentalmente, de carácter urbano, y está pensado para comunidades de hasta 50 mil personas, con un sistema de cooperativas o economatos y microeconomías solidarias. Este modelo se ha experimentado en Neustadt, y tengo la impresión que también ha contribuido ideológicamente a la consolidación de la comunidad autónoma de Christiania, que funciona en pleno corazón de Copenhague. Lo liberador entonces del aspecto temporal de la TAZ, es que millones de seres humanos no tendrán que imaginar sus vidas en zonas ideales, geográficamente hablando, para ser libres y autónomos, sino que lo podrán hacer donde estén vía una conexión con la inmediatez del presente que, como sabemos, nos libera del corrupto tiempo y su tiránico vástago: el progreso.
(RN) Existe cierto misticismo, por así llamarlo, entre la crítica a la civilización. En “El Jardín…” se ve. Cierto sentimiento religioso, en el sentido de releer el origen. También están los que esquivan todo esto. Tú dices que la cultura simbólica no necesariamente nos atrapa en las carreteras de la alienación. El cristianismo, el judaísmo, religiones de la línea recta ¿crees que deben ser combatidas? ¿La moral judeocristiana, que prescinde de la iglesia, es algo por lo que haya que preocuparse?
(JS) No creo, en absoluto, que haya misticismo en la crítica a la civilización, en el sentido original de la palabra: mysticus, que en su primera acepción implica misterio o razón oculta. Creo eso sí, que se peca de mesianismo y, además, de una visión apocalíptica, que a veces casi raya en lo religioso. El escudriñamiento de los orígenes tiene que ver con el fuerte énfasis dado a las perpectivas antropológicas, que han transformado el paradigma de los homínidos cavernarios de seres brutales en seres relajados, ociosos y libres. Ciertamente, en El jardín… hablo del origen de nuestra separación y desconexión: la conciencia, esa escurridiza noción que tiene tantas acepciones. En fin, trataré de esquematizar brevemente el modelo que presento en el libro. Primero, la conciencia humana habría sido el filtro primigenio de separación de la conciencia cósmica planetaria (Gaia). Segundo, esta primera separación –o alienación- se habría manifestado con la verbalización (gritos, sonidos y gruñidos con significantes distintivos que significan) y con la construcción de una cierta subjetividad primitiva: espacio de interioridad que nos distinguiría de lo externo (el mundo natural y el resto de los seres vivos, incluyendo a nuestros pares). Tercero, esto habría generado la primera versión del “otro”, reforzada primariamente a través del canibalismo, y luego a través del carnivorismo. Generalmente, nos comemos al “otro” antes que a los miembros de nuestra propia horda, tribu o clan. Sin embargo, en los casos de endocanibalismo, la antropofagia también se practica con fines rituales de ratificación simbólica de la identidad. El cadáver del ser querido es digerido por el comensal para ser honrado, deviniendo no sólo en alimento sino que también en parte del familiar antropófago. Cuarto, estas prácticas dietéticas -simbólicas y alimentarias- estarían conectadas con la razón instrumental y, por tanto, con el pensamiento simbólico. De esta racionalidad –instrumental y simbólica- habrían derivado la división del trabajo, el lenguaje socialmente articulado, la agricultura, la escritura, la noción de tiempo histórico, las jerarquías, etcétera; vale decir, la civilización. Con el tiempo, la razón instrumental y el pensamiento simbólico han invadido nuestra conciencia virgen a tal extremo que nos han puesto definitivamente en la autopista de la alienación, rumbo a la extinción como especie. Adorno y Horkheimer entienden la civilización como la extensión del dominio humano sobre la naturaleza con fines de sobrevivencia, lo que, paradójicamente, nos lleva al autoexterminio. Esta situación nos obliga a renunciar a la libertad. Para mí, la paradoja reside en la conciencia. Por ella nos alejamos, nos ensimismamos, nos volvemos recoletos y perdemos toda conexión. Pero por ella también nos damos cuenta de lo que nos pasa -cuando somos seres concientes- y aspiramos a reconectarnos. Obviamente, el pensamiento simbólico y sus prácticas culturales son una apropiación de la realidad mediante su representación. Dicha representación cosifica –y/o reifica- la realidad representada, convirtiéndola en una cosa muerta. El proceso es similar a la labor taxidérmica de los entomólogos que, en su intento de conocer la belleza de las mariposas, por ejemplo, las disecan y perforan con prendedores para fijarlas en sus muestrarios como artículos mórbidos -cadáveres- de lo que fue la belleza viva y en movimiento. Luego se jactan de estudiar y conocer la naturaleza. La conciencia nos permite pensarnos a nosotros mismos. Ese acto conciente y lúcido nos cosifica en tanto objetos de estudio y reflexión. Nos quita lo que tenemos de sujetos. Nos desindividualiza, y nos transforma en una estadística más de la estandarización. Yo no digo que la cultura simbólica no nos atrape necesariamente en las carreteras de la alienación. Lo que digo es que no es el punto de partida de la alienación. Abolir la cultura simbólica, o la división del trabajo, que es para el anarcoprimitivismo lo que abre la caja de pandora del monstruo civilizatorio, no es radicalmente enfrentar el problema que tenemos los seres humanos y la sociedad moderna: nuestra tendencia a cosificar y a categorizar todo, destruyendo y matando todo aquello que tocamos. Éste es el síndrome negativo de Midas, que nos envuelve y asfixia. Incluso este diálogo escrito y virtual es un modo de poner en un frasco letrado el pensamiento vivo. Por eso yo propongo la distinción entre cultura y civilización. Para mí, la civilización tiene el efecto negativo de Midas, que estandariza todo cuanto toca. ¿Para qué vamos a hablar del proceso de mallización del mundo vía su globalización imperial? Creo que en esto estamos todos de acuerdo. Lo que digo es que la cultura es una forma de ser, y que si hay alguna naturaleza humana, ésta es anárquica. Mi diálogo en este apartado específico de El jardín… es con mi buen amigo John Zerzan, a quien estimo y admiro mucho. Él tiende a identificar cultura y civilización como una misma entidad en oposición a la naturaleza, cuestión que ya había hecho Marcuse al oponer historia versus naturaleza. Yo no creo que cultura y civilización sean lo mismo. Y éste es uno de nuestros puntos de desacuerdo. Por el contrario, me parece que se oponen, porque la civilización trata de estandarizar las culturas, produciendo un choque entre el modelo normalizador y las peculiares y diversas formas de ser. En tal sentido, para mí la cultura es una forma de ser, una idiosincracia, puesto que el ser es cultural: lo modela su entorno y su medio. Negar esto es querer estandarizarlo, categorizarlo en relación a una norma estándar. Además hay una verdad irreductible: no todos somos iguales. Cada ser es peculiar, ni mejor ni peor, sólo peculiar. La cultura “simbólica”, no obstante, es la mediación establecida entre el ser y la realidad. Dicha mediación se lleva a cabo -valga la redundancia- mediante los símbolos de representación. Tal representación coloniza la cultura del ser, por cuanto le extirpa su materialidad a fin de proyectarla en el terreno de lo abstracto. Esta representación niega la presencia física, corpórea y material del ser, que no es sino una criatura con conciencia. La representación, en tanto artefacto de mediación, constituye el núcleo de lo que John Zerzan llama “imperialismo de lo simbólico”. Sin embargo, la cultura “simbólica” no debe ser confundida con cultura, que es un modo de ser. Y, como ya fue dicho antes, el modo de ser más liberado es anárquico. El ejemplo más claro de todo esto es el de la conquista. La civilización europea llegó al continente a homogeneizar la realidad vía su evangelio y el filo de su espada y su pene. Las culturas nativas que opusieron resistencia -y que siguen resistiendo-, contrapusieron sus formas de ser a esa imposición civilizatoria, que les fue quitando el ser y las fue estandarizando. La niña o el niño anárquicos, por ejemplo, quieren ser, pero son reprimidos con pastillas, castigos y escuela para amoldarse a la norma estándar que requiere la socialización. La socialización impone la normalización y la estandarización de los individuos, que quieren ser y vivir a su pinta. Por eso yo busco una fuerza mágica y poderosa de liberación en la peculiaridad, que no sólo desmantela la estandarización y la normalización impuestas a punta de órdenes, adiestramiento, adoctrinamiento y balas, sino que también desarticula la competencia y la comparación: pilares del funcionamiento económico. Ahora bien, yo me opongo radical y concientemente a todos los dogmas. Rechazo de plano todo aquello que huela a cristianismo, judaísmo, moral, islam o la vaina religiosa que sea. Me opongo a los fundamentalismos, aunque se invistan de carácter libertario –o libertino-. Tal vez los fundamentalismos de los mundos hinduista, budista y pagano me llamen un poco más la atención, porque -en mi fuero interno- los considero un poco más atractivos en términos antropológicos. Pero en general, creo que el dogmatismo es sinónimo de estulticia y estrechez mental. A mí me interesa la flexibilidad. La experiencia me ha enseñado además que sólo los santones practican al pie de la letra lo que predican, aunque no siempre sea así. Por eso hay que tener cuidado con el fanatismo ideologizante. Vallejo dice: “todos saben…y no saben / que la Luz es tísica, / y la Sombra gorda… En nuestro ser reside la contradicción. Y no hay drama en reconocerlo. Por eso también soy crítico de la política y de sus actores discurseantes: izquierdistas, derechistas, centristas, filisteos espirituales, mercanchifles religiosos, traficantes del apocalipsis o mercenarios de la redención. Me preguntas si hay que combatir o no esa moral cartucha y monolítica que ofrece el infierno o el cielo en los confesionarios pederastas o en la muerte suicida de los fieles que oran cinco veces al día. Cuando niño lo hice. Ahora ya no me interesa siquiera pensar en esos dogmas terribles de alienación. Conmigo no cuajan en lo más mínimo. Más que combatirlos hay que liberarse de ellos. Mejor ni pensar en ellos. Aunque claro, todo depende del estado de conciencia al que uno haya arribado. ¡Vade retro beatos!
(RN) Creo que es importante para el biocentrismo comprender que la vida se alimenta de la vida y que ésta no es ni buena ni mala. Existe una tendencia a ver la naturaleza como amor y paz. Pero cada vez que el conejo sale de su madriguera se enfrenta a la muerte, que usualmente cae del cielo y tiene alas y pico. Afuera de la madriguera está la vida, pero también está la muerte. Es el temor morboso a la muerte lo que lleva al hombre a la cultura de la trascendencia, a encerrarse en el domo y a crearse una segunda naturaleza. Los caranchos negros se alimentan robando crías de otras aves. Siento que a veces se cambia al dios del amor cristiano por la madre naturaleza, como también que se identifica muy fácilmente naturaleza con anarquía. Es cierto que existe el mutualismo o el comensalismo en la naturaleza, pero también existe el parasitismo y la depredación. ¿Qué opinión te merece esto?
(JS) Comparto plenamente tu opinión. La bondad o la maldad son términos dualistas de invención humana que corrigen la conducta y reprimen el deseo y la irrefrenable líbido. No hay ni maldad ni bondad en la naturaleza. Hay ciclos naturales, equilibrios internos, fluidez energética, cadena alimenticia, naturalidad silvestre, muerte y vida. El amor es una fuerza energética que ronda en el universo y que lamentablemente no somos capaces de captar lo suficiente. Creo que el uso del modelo de la naturaleza en la crítica a la civilización humana tiene que ver con la ratificación de algo que todos más o menos presentimos: la especie humana ha roto el ciclo natural y ha creado un desequilibrio planetario que tarde o temprano afectará a todos los seres del planeta de modo inexorable, si es que ya no lo está haciendo. Probablemente, la generación de nuestros hijos sea la última generación que pueda hacer algo antes de que la vida humana –sino terrícola- se extinga o se vea seriamente afectada. Hacer algo implica abandonar la carretera industrialista y desarrollista basada en el petróleo. Implica abandonar la vida centrada en la producción y en la adquisición de dinero para poder comprar bienes y productos vendibles. Implica desarrollar una nueva sociabilidad y sensibilidad basadas en la cooperación y la compasión para ayudar y sentir pasión con el otro. Implica volvernos más concientes a fin de tolerar más y entender cuál es el impacto de nuestra existencia en el medio. Implica reaprender a soñar y jugar a fin de desbaratar la socialización que impone roles inflexibles al ser bello, libre y alegre que en realidad somos. Implica desafiar a la autoridad a como dé lugar y vivir más en armonía con los que nos rodean y lo que nos rodea. Lo ideal sería vivir en una comunidad intencional o en una ecoaldea con autosuficiencia permacultural, autonomía a escala humana e independencia del estado y del mercado mundial, que basa su existencia en la producción e intercambio de petróleo y sus derivados -y en las guerras que agilizan la economía-. En realidad, lo que ha ocurrido es que el pensamiento anarquista de las últimas décadas ha buscado en la naturaleza –y en las culturas y cosmogonías indígenas y primitivas- modelos para la construcción de un paradigma biocéntrico. Hay quienes, por cierto, extrapolan el pensamiento maniqueísta de la razón positivista marxista o socialista para elaborar juicios esencialistas que operan con la falsa lógica de la naturaleza buena versus la civilización mala. Esto es como ver a satanás y cristo en todo lo que nos ocurre a nivel cotidiano. El dualismo maniqueo es opresor y en nada aporta a los procesos de liberación. Obviamente, la naturaleza es mucho más compleja que dicho binarismo idiotizante y tiene multitud de matices. Yo utilizo la metáfora del jardín para explicar el sentido de la peculiaridad que percibo en la naturaleza a fin de desarrollar mi crítica contra la estandarización y la homogeneización civilizatoria. En un jardín, cada flor, planta e insecto tiene una función y razón de ser, incluso la maleza, que crece en aquellos espacios sin cultivar, porque todo brota, florece y se marchita cíclica y permanentemente. En ese mismo jardín, cada flor, planta e insecto es único e irrepetible y jamás habrá otro igual, aunque lo clonen. Ésta es la base de la peculiaridad, en tanto fundamento filosófico y ontológico, que he tratado de establecer en mi libro. La naturaleza no es vista como algo bueno per se, sino como una constelación de peculiaridades, ajena al modelo societal civilizatorio occidental. En la naturaleza habita nuestra vida y nuestra muerte, porque los seres humanos no somos sino naturaleza. Internalizar esta idea implica desenchufarnos de la maquinaria desarrollista e industrial que robotiza a la gente como si fuese un ejército de autómatas clonados, bueno sólo para producir y comprar. Esa maquinaria es la que, a mi modo de ver, estandariza y se sustenta en siglos de bagaje intelectual taxonómico e instrumental. Aunque si bien es cierto, la muerte y el marchitamiento son parte de la naturaleza, hay que reconocer que los genocidios, la bomba atómica, los campos de concentración, la represión, la tortura, las masacres, etcétera, son actos antinaturales, naturalizados por la mente domesticadora, que adoctrina para que “el pueblo” crea que la naturaleza humana es intrínsecamente malvada y perversa. Ojo que también hay que tener presente esto: los seres humanos no somos sino naturaleza, y nuestra naturaleza no es ni perversa ni divina, sino que se modela de acuerdo a las circunstancias en que a cada uno le ha tocado existir. Hay seres, de todas maneras, con una naturaleza más liviana que la de otros. En el jardín planetario cada uno carga con su propia savia.
(RN) Dices que la concepción dualista estandariza, entonces propones la peculiaridad en contraposición a lo estandarizado. La peculiaridad desmantela el dualismo mismo peculiar/estandarizado, como doméstico/salvaje que proponemos aquí. Pero ¿por qué dices que la única taxonomía posible son las drogas? Entiendo la diferencia entre químicas y naturales, pero ¿por qué la única taxonomía posible son las drogas?
(JS) Ciertamente, busco en la noción de peculiaridad el desmantelamiento de todo: la estandarización, el dualismo, la competencia, la comparación y la categorización taxonómica misma. Frente a la homogeneización y la uniformación del mundo vía clasificaciones técnicas y expertas, yo propongo la peculiaridad, que es la condición de cada individuo y ser vivente que habita el planeta, incluyendo a las plantas. La peculiaridad ratifica nuestra condición de seres únicos, irrepetibles y genuinos. Como ya lo he dicho en otras ocasiones, no hay dos tallos idénticos ni iguales. Las clonación es la utopía de la pulsión civilizatoria, que se realiza mediante la estandarización que achata la realidad y la mecanización de la vida que transforma a los humanos en autómatas. El lenguaje, en tanto vehículo de la cultura simbólica, nos atrapa y engatusa, haciéndonos cómplices del proceso de categorización, por cuanto se apropia de la realidad, nombrándola, categorizándola, representándola y cosificándola. Pero también a través del lenguaje se puede despertar a la mente obnubilada para que adquiera conciencia de este proceso. Esta entrevista es un ejemplo de ello. O por lo menos a ello aspira. Así, a través del lenguaje, se puede descosificar la realidad: desrepresentarla, desnombrarla, decuartizarla y darla vuelta, para que surja una relación inmediata con ella a través del uso creativo del lenguaje espontáneo y caótico que crea nexos y conexiones. Por ejemplo, con mis seres queridos y cercanos hablo un idioma peculiar, lleno de inventos y neologismos que sólo es entendido por nosotros. En tal sentido, el lenguaje puede peculiarizar al ser. El asunto de las drogas es un poco más simple y lúdico. Si es que hay alguna taxonomía posible, válida y natural, ésta tiene que ver con los efectos que producen las distintas plantas medicinales, hojas y flores sicotrópicas, lianas alucinógenas, hongos mágicos y cactáceas iluminadoras. Creo que una necesidad humana de la que poco se ha hablado es la intoxicación. Históricamente, se puede rastrear el uso de sustancias alteradoras de la conciencia en casi todas la culturas previas a la modernidad. Antonio Escohotado, entre otros, ha estudiado acuciosamente el tema. Yo propongo que las así llamadas drogas naturales tienen un efecto de sanación radical porque: uno, liberan al dejar ver en la oscuridad de la alienación, dos, son altamente subversivas porque desenchufan de la maquinaria cretinizante y estandarizadora que achata la realidad y, tres, despliegan los pétalos de la imaginación, permitiendo que aflore la peculiaridad de cada cual en cualquier circunstancia. En tal sentido, es posible establecer una taxonomía al respecto; o sea, una clasificación del tipo de efecto que cada sustancia natural produce en el proceso de sanación y/o iluminación –léase, ampliación de la conciencia- de cada individuo. Ahora bien, que esa taxonomía se pueda universalizar, es otro cuento. No voy a especular al respecto. Sin embargo, en un sentido general, podríamos decir que el peyote es iluminador o que la ayahuasca es visionaria. La marihuana mejora, pacifica y agudiza la conciencia, la salvia divinorum potencia las facultades adivinatorias, los hongos abren las puertas de la percepción (tal como lo quería William Blake), el hachís limpia la mente y transmuta el ego, el mate estimula el cerebro, el toronjil relaja, etcétera. Además, hay una gran taxonomía general: las drogas químicas entorpecen, alienan, controlan y destruyen, mientras que las drogas naturales fomentan la creatividad y permiten soñar.
(RN) Dices que el carnivorismo se originó por razones simbólicas y que deriva de la antropofagia, que “somos la única especie de animales que siendo herbívoros, prefiere alimentarse de criaturas muertas” y argumentas en nuestra anatomía y la necesaria cocción y aliño de la carne en contraste al consumo de frutas. Sin embargo, homínidos de anatomía tan y más herbívora que la nuestra practican la caza y se alimentan de carne. Los chimpancés, por ejemplo (aunque tengan caninos más grandes que nosotros) o los bonobos y su pacífica sociedad al sur del Zaire. ¿Dirías que ellos han pasado también por el canibalismo hasta llegar al carnivorismo en modo ritual?. Dices que el carnivorismo fue una ceremonia para distanciar a los seres humanos de los animales, no sé si haya sido así, lo que si es cierto es que hoy en día el carnivorismo justifica la domesticación a escala industrial tanto como el consumo de vegetales monocultivados, transgénicos.
(JS) Efectivamente, el carnivorismo moderno justifica y mantiene la domesticación a escala mundial, al tiempo que devasta el planeta. El ganado no sólo requiere de grandes extensiones de terreno para pastar, que generalmente se talan con este fin, sino que también domestica a través de la dieta globalizada. Las hamburguesas, por ejemplo, han devenido en el símbolo del capital que sisea cada vez que la mangosta trata de sacudirlo. Pero el canivorismo al que yo me refiero tiene que ver con razones simbólicas de construcción de la sujetividad. Lo que planteo es lo siguiente: la conciencia surge con la construcción del espacio interno –o interioridad- del individuo, que se distingue a sí mismo del resto de los seres vivos y del medio que lo rodea. Esto ocurre en una fecha indeterminada. Probablemente, la interioridad subjetiva emerge con la verbalización, que conlleva también a la aparición de cierta racionalidad. Los primeros homínidos que emitieron sonidos para comunicar sus emociones y comenzaron a cazar para alimentarse, fabricaron herramientas y armas de caza, tallando piedras. Estamos hablando de seres de la era del paleolítico inferior: los australantropos, cuyos restos se remontan a tres millones de años. Luego vendrían el paleolítico medio con el hombre de Neanderthal, el paleolítico superior con los hombres de Cromagnon, Chancelade y Grimaldi, situados aproximadamente entre 35 y 10 mil años atrás y, finalmente, los homo sapiens de nuestra era neolítica, surgida con la pulimentación de la piedra y la dependencia de la agricultura (siglos IX y VIII a.c., aproximadamente). En el neolítico se aceleran y exacerban los procesos de especialización, sedentarización y domesticación. Es además el comienzo de la civilización, la historia y sus taras castradoras. Yo propongo, sin embargo, que el punto de alienación se remonta al origen de la conciencia, que separa la interioridad de la exterioridad, desprendiendo al ser humano de su primigenio estado salvaje de completa compenetración con la conciencia planetaria y cósmica. Sin lugar a dudas, para reafirmar la interioridad y, de paso, diversificar la dieta vegetariana, los australantropos deben haber comenzado a comer carne. Ideológicamente, esto habría reforzado la idea del yo, y por tanto, la noción de un nosotros, en oposición al concepto del “otro”, que es comido. Sabido es por los antropólogos que el canibalismo es una práctica ceremonial que refuerza simbólicamente la identidad grupal. La bacanal caníbal reafirma la identidad de la horda, que legítimamente se comía a los que no pertenecían a ella, puesto que eran considerados “otros”. En los casos de antropofagia interna con fines rituales, también hay una ratificación simbólica de la identidad grupal y/o familiar, puesto que se estrechan los lazos de unión entre los comensales y los comidos. Uno es lo que come, bebe, fuma o inhala. El canibalismo interno permitió que los seres queridos muertos pasaran a formar parte de los sobrevivientes de la tribu. Estas prácticas caníbales derivaron en algún momento en el carnivorismo, que vino a reafirmar una nueva noción: la humanidad. Así, mediante el carnivorimo reafirmamos que lo humano es distinto a lo animal; por tanto, los humanos comemos animales sin culpa ni pena. En realidad, los humanos somos animales mamíferos que racionalizamos nuestras conductas atroces y crueles. Yo argumento que fisiológicamente los seres humanos somos vegetarianos, aunque claramente tengamos una capacidad omnívora. Baso mi afirmación en tres puntos centrales: transpiramos por lo poros, al igual que todos los mamíferos herbívoros, y no por la lengua, como lo hacen los animales carnívoros (los perros, por ejemplo). Nuestro intestino es doce veces más largo que nuestro cuerpo, por tanto digerir carne nos lleva mucho más tiempo que digerir verduras y legumbres. Costumbre es que después de un asado opíparo, el comensal deba tenderse a dormir siesta o a reposar larga y tendidamente. El mamífero carnívoro no tiene este problema. Su intestino es sólo tres veces más largo que su cuerpo, por tanto el bolo alimenticio de carne deglutado pasa con mayor facilidad y rapidez por los intestinos grueso y delgado. El tercer punto dice relación con nuestros dientes y uñas, infinitamente menos poderosos que los caninos, colmillos y garras de los mamíferos carnívoros, que no necesitan cuchillos para cortar la carne. Fisiológicamente, ya están diseñados para ello. Ahora bien, algo tiene que haber ocurrido en el paleolítico que hizo que nuestros antepasados se pusieran a cazar y comer carne. Probablemente, hubo hambruna. Y probablemnete también, se dieron cuenta de su capacidad omnívora para alimentarse. Yo agrego un nuevo elemento. Junto a esas probabilidades -que no discuto y que tienen que ver con el descubrimiento del fuego y la cocción de la carne para volverla más tierna y comestible- hay un elemento simbólico de reafirmación de la identidad grupal e individual. Tal elemento simbólico es producto de la racionalidad surgida de la talla de la piedra para fabricar herramientas y objetos de caza. Por lo mismo, no hay razones para suponer que los primeros homínidos paleolíticos no hayan tenido un pensamiento simbólico engendrado por la razón instrumental primitiva. Creo que si hay fabricación de herramientas, hay racionalidad instrumental y, por tanto, alguna forma de pensamiento simbólico mediatizador de la identidad. En este caso, la representación simbólica del yo -y por extensión de la noción de un nosotros- debe haber sido -entre otras prácticas rituales- el canibalismo. Aunque la domesticación haya comenzado en la era neolítica, creo que el pensamiento simbólico ya existía desde hacía mucho antes. Según la antropología moderna, los vestigios más antiguos de pinturas rupestres se hallan en Australia y tienen una data de hace 50 mil años. O sea, estamos hablando del paleolítico superior. En esta medida, tu pregunta sobre los chimpancés viene al callo. Jane Goodall asegura que los chimpancés cazan y comen carne y que también construyen y usan herramientas. Hay, por tanto, una relación clara entre el carnivorismo y la razón instrumental. No sólo modifican objetos naturales con fines instrumentales (usan troncos y ramas como armas, pescan termitas con tallos, toman agua en hojas que usan como recipientes, construyen lechos en los árboles con hojas y ramas), sino que también se comen a los babuinos, una especie africana de monos cinocéfalos, que constituyen el otro para el mundo chimpancé. Además, tienen guerras entre ellos mismos por razones territoriales (los machos de una comunidad atacan a los miembros de otra a fin de obligarlos a abandonar el territorio). Esta modificación (control) de la naturaleza con fines instrumentales y funcionales no sólo los ha llevado a las prácticas caníbales de reafirmación identitaria grupal y/o familiar (documentado está el caso de dos hembras -madre e hija- que se comieron a los recién nacidos de otra familia de chimpancés), sino que también los ha llevado a instituir jerarquías basadas en la estructura familiar por edad, tamaño y destreza. Las hembras de los chimpancés paren cada cinco o seis años, y un chimpancé promedio vive entre 40 y 50 años, pemitiéndoles mantener un control natural de la sobrepoblación y una cierta armonía con el territorio donde viven. Es, por lo mismo, plausible inducir que, según las leyes de la evolución y de acuerdo a los vestigios de su raciocino instrumental, desarrollen eventualmente una suerte de civilización. Aunque esta potencialidad no es determinante para que ello ocurra. Los orangutanes, por otro lado, también tienen un racionamiento deductible básico, mientras que los gorilas, que son esencialmente vegetarianos y extremadamente gentiles, han desarrollado una forma de lenguaje. Dian Fossey, asesinada en África en 1985 por los cazadores furtivos de gorilas, pudo documentar hasta 17 sonidos distintivos significativos usados por los gorilas para comunicarse. Indiscutiblemente, el uso de este lenguaje implica un alto grado de abstracción y un pensamiento simbólico más o menos desarrollado. Los bonobos, hasta donde sé, son gentiles y vegetarianos, y tienen una vida plena de erotismo. Hay incluso bonobos homosexuales. O sea, cuando hablamos en general de los homímidos contemporáneos al homo sapiens, que están en un estado precivilizado, primitivo y predomesticado, estamos también hablando de seres que cuentan con un raciocinio instrumental: cazan, se comunican, construyen lechos, usan armas, tienen guerras y, además, son carnívoros y caníbales. ¿Qué me dice todo esto? Que los primitivos australantropos, que desarrollaron el primer arte lítico, probablemente también cazaban, se comunicaban, construían lechos, usaban armas y tenían guerras (obviamente sus guerras no eran similares a los conflictos organizados que mantienen los homínidos civilizados y domesticados del neolítico). ¿Qué más me dice esto? Que eran caníbales y carnívoros, y que probablemente el canibalismo fue una práctica de reafirmación identitaria grupal y/o familiar, mientras que el carnivorismo se ejerció sobre el “otro”. Posteriormente, la domesticación civilizatoria multiplica estas prácticas en forma más sofisticada y masiva, mediante racionalizaciones ideológicas altamente elaboradas, pero no las funda. Yo no sé cómo acabar con la conciencia alienante que también nos libera. Es probable que la conciencia del yo y la racionalidad estén intrínsecamente unidas. El planteamiento que hago en El jardín… es reemplazar la razón instrumental por la razón estética, que nos permita vivir en armonía con la naturaleza, en forma bella, libre y algre, construyendo comunidades autosustentables y autónomas, basadas en la horizontalidad y el biocentrismo. ¿Qué se puede hacer con la conciencia entonces? Nada. Tal vez limpiarla, mejorarla, talarla y pulirla, tal como lo hicieron los antiguuos primitivos. He ahí donde esta pregunta se relaciona con tu pregunta anterior, porque para pulir la conciencia, las drogas naturales son cruciales. Y ésa es la única taxonomía posible.
(RN) Hubo momentos bastante apocalípticos en el foro de diciembre en Valparaíso. En “El Jardín…” te refieres al calentamineto global y a la posibilidad de que los mayas hayan abandonado sus ciudades al caer en cuenta que el progreso tecnológico no les permitiría devolverle a la tierra lo que le quitarían. Después de todo, los mayas eran una peculiar civilización. En el Popol Vuh, en uno de los intentos fallidos de creación, artefactos y animales domesticados se revelan contra el hombre, así también el resto de la naturaleza. Creo no haber visto algo así en otra narración cosmogónica. Te sugiere algo el final del calendario maya para el 2012 de la era cristiana.
(JS) Para las culturas mesoamericanas, el año 2012 será el fin del quinto sol o quinto ciclo. En el mito de creación maya, luego del fracaso de los hombres de tierra, los dioses deciden crear a los hombres de madera –o de palo- que son atacados por los animales domésticos y, finalmente, destruidos por el diluvio universal. Según el Popol Vuh, los seres de madera que sobrevivieron al diluvio se transformaron en monos y viven actualmente en los árboles. El año 2012 me sugiere la posibilidad de una gran transmutación mundial. No soy pitoniso, así que no puedo predecir el futuro. Algunos anarquistas verdes desearían ver concretadas sus teorías primitivistas en una suerte de fin del mundo o catástrofe mundial para terminar de una vez por todas con la civilización, pero eso es parte de la ciencia ficción y de los ecorrelatos voluntaristas. Sin embargo, es totalmente plausible inducir futuros escenarios sobre la base de lo que ya sabemos. Y generalmente, esos escenarios pueden derivar tanto en el fin de la civilización industrial que conlleve a la creación del jardín de las peculiaridades como en una dictadura panóptica global hipertecnologizada, con todas las terribles consecuencias que ello implique. En el texto “11 de septiembre: Globalización, imperio y resistencia”, escrito el año pasado para una antología del pensamiento libertario que Amado Láscar y yo estamos editando, me refiero un poco a este futuro escenario basado en lo que ya sabemos. Por ejemplo, sabemos que entre este año y el 2007 la producción de petróleo alcanzará su punto más álgido, y que a partir de ahí su producción, y por tanto, su suministro, comenzará a decaer. Según la CIA, los recursos acuíferos se volverán cada vez más escasos y hacia el año 2015 la mitad de la población del mundo vivirá en regiones con difícil o nulo acceso a agua potable. Y según el informe de la Red Mundial de Negocios (GBN, por sus siglas en inglés) redactado para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, sabemos que habrá un cambio climático abrupto debido al calentamiento global del planeta entre los años 2010 y 2020. Esto producirá la desalinización del océano en la parte norte del planeta, afectando las corrientes submarinas que regulan la temperatura y hacen posible la vida en el Atlántico Norte. Este cambio climático también acelerará el proceso de congelamiento de las regiones septentrionales -y tal vez australes de la Tierra- además de aumentar el número de tifones y huracanes en las regiones tropicales. Se predice que África sufrirá de sequías y que el complejo agroindustrial se verá altamente afectado, generando una escasez mundial de alimentos. Se calcula también que el calentamiento global afectará la temperatura del mar, que subirá en unos 4 o 5 grados, generando mareas rojas y otras anomalías que afectarán la actividad pesquera y el suministro de alimentos marinos. Otros informes también estiman que para el 2070 tanto la capa polar ártica como la Antártica se habrán derretido completamente. Si eso ocurre, el nivel del mar subirá dramáticamente, haciendo desaparecer muchas ciudades costeras. Bueno, con esto que ya sabemos, tenemos un panorama bastante alarmante, y quizás esto sí signifique el fin de la civilización agroindustrial moderna. Claro está que el modelo industrialista de desarrollo no es viable. No sólo por sus consecuencias nefastas en términos ecológicos, sino también porque no hay suficientes recursos en el planeta para mantenerlo. Se calcula que para el año 2030, China estará emitiendo el mismo volumen de gases contaminantes y tóxicos que emite EE.UU.: país rector que ha devenido en el modelo estandarizador a seguir. Pero incluso si todos los países del mundo tuvieran el mismo nivel de consumo que hoy tiene Estados Unidos, se necesitarían al menos cuatro planetas como la Tierra para satisfacer dicha demanda. Por otro lado, sabemos también que los gases tóxicos emitidos a la biosfera no sólo devastan la salud de la pachamama, sino que también minan la salud de todos lo seres vivos. El cáncer y otras enfermedades industriales siguen subiendo de modo apresurado en el gráfico de las estadísticas de la salud mundial. El capitalismo y el industrialismo han llegado a su tope porque han agotado vertiginosamente los recursos del planeta. Mantener esta maquinaria productiva funcionando es irresponsable y fatal. Personalmente, no creo en el Apocalípsis ni en las revelaciones de San Juan; no obstante, sí veo que la civilización industrialista occidental adoptada por el mundo civilizado está llegando a su recta final. Confío, sin embargo, en que los distintos experimentos comunitarios actualmente existentes se conviertan en un ejemplo para la vasta población que vive forzadamente bajo el yugo alienante del trabajo asalariado. Confío también en que los pueblos originarios que aún preservan su sabiduría ancestral nos permitan aprender de su experiencia. En este contexto, los discursos desarrollistas neoliberales y los proyectos centralizadores estatistas siguen desconociendo la cruda realidad: esta máquina productiva industrialista no da para más. No sé cuándo vaya a ocurrir el gran cambio que todos notemos, tipo espectáculo televisivo, como el manufacturado para el 11 de septiembre de 2001. No soy un profeta del apocalipsis. Creo, sin embargo, que el cambio ya lo estamos viviendo. Hoy en día el planeta se ve amenazado mortal y nuclearmente por un tiranillo que se enreda al hablar, pero que cuenta con la astucia de su padre y sus tíos tras bambalinas para organizar su opereta política y así apropiarse de las últimas reservas de petróleo que quedan en el mundo. El estado liberal ha muerto y con él todos los sueños democráticos. Cualquiera sea, en todo caso, el cambio que vaya a ocurrir, sucederá dentro de los próximos diez años. Como yo tampoco creo en las soluciones políticas, no pienso que haya redención social alguna que pueda ser dirigida por los politicastros de turno ni por sus científicos iluminados. Espero sí -y en esto soy optimista- que la creación de pequeños y múltiples bolsones libertarios en zonas liberadas comiencen a proyectarse desde ya como una multitud de oasis de verdor, salud y esperanza en medio de la desolación moderna. Hay que seguir viviendo y, ojalá, continuar liberándose, que es justamente lo que más les duele a aquellos que creen tener la sartén por el mango. Hay que empezar a vivir la transmutación desde ya, partiendo por lo concreto, lo local y lo comunitario. Todo el resto corre el riesgo de transformarse en simple retórica. Por eso hago la siguiente pregunta: ¿Cuántos almácigos y cajones de cultivo tienes en casa y sistemas de captación filtrante de agua de lluvia y muladares para producir abono orgánico y bicicletas de transporte y amigos en la cuadra o en el vecindario con quienes puedas contar cuando ya no haya más luz eléctrica ni cajeros automáticos ni agua potable ni tiendas de supermercado y las bencineras no sean sino tristes lápidas modernas abandonadas y oxidadas por la lluvia ácida y el frío amenace penetrar en tus huesos? Bueno, de eso es de lo que estoy hablando.
(RN) Por otro lado, entre los simpatizantes de la llamada anarquía verde se siente bastante confianza en que la máquina domesticadora, la civilización acabe por su propio peso. Colapse. Quienes no lo advierten abiertamente, al menos lo insinúan. Desde mi punto de vista la tierra es un organismo viviente que alberga multiplicidad de otros organismos que la conforman. Uno de esos organismos es la máquina domesticadora, que sería algo así como una enfermedad, un cáncer (bastante similar en sus intenciones por lo cierto). La tierra tiene sus defensas. Esto puede llevar a la inacción, por ejemplo, a rechazar el concepto de revolución. ¿Y si no sucediera?
(JS) De algún modo, esta pregunta se responde con lo que hemos dicho arriba. Obviamente, la máquina domesticadora puede no colapsar, y en vez de eso, puede readecuar sus garras de opresión en escenarios incluso mucho menos amables que el actual. Esperar que colapse y quedarse postrado frente a la tele hasta que den la noticia de su colapso es una burrada. Como dice Gil Scott-Heron, la revolución no será televisada, pero la revolución tampoco será un espectáculo de simulación de la vida ni un evento emblemático de toma del poder o de asalto al estado. La revolución no es un evento espectacular ni el acto heroico de un día. Los marxistas nos hicieron creer que la revolución era el triunfo en las urnas o la entrada triunfante con uniforme verde oliva a la ciudad sitiada. La revolución es un acto de todos los días. La revolución es ir liberándose, jodiendo al sistema como se pueda y creando redes libertarias contraculturales que promuevan la rebeldía, el desafío permanente a la autoridad y el rechazo del poder. La revolución es comer comida del huerto, aunque se tengan los morlacos necesarios para comprarla en un supermercado. Es aprender a amar y a desarrollar otras formas de sociabilidad. Evidentemente, en la cuerda floja de la revolución cotidiana habrá momentos de revuelta. Entonces habrá que estar ahí, tal vez con bototos y pañoleta al cuello, listo para destruir la propiedad corporativa o estatal, o simplemente acompañando a aquellos aventados a hacerlo. Pero la revolución no es una meta, sino un proceso. Si uno no se revoluciona por dentro y por fuera, limpiando el corazón, la mente y el espíritu para reconectarse con el planeta y el resto de los seres vivos, entonces no hay revolución posible. No importa lo que se diga en el discurso, que a la larga es pura palabrería hueca. Lo fundamental es la energía que emana de nuestras ac