Una triste noticia me sacó del letargo del sueño ayer por la mañana: Rubén Prieto, el hermoso viejo anarquista que conocí en Noviembre del 2005, cuando vino a la presentación del libro de Eduardo Colombo, había muerto de un infarto, la noche del domingo 16, en Caracas, Venezuela, mientras participaba de la Feria Internacional del Libro con la Editorial Nordan.
Conocí a Rubén en la casa de uno de los compañeros del Instituto de Estudios Anarquistas, y aun sabiendo sólo pocas cosas sobre él (como que era parte de ese increible proyecto llamado Comunidad del Sur; una historia breve sobre la Comunidad, aquí) me cautivó su serena sonrisa y su manera de estar presente. Conversamos poco, pero siempre fue amabilidad, ganas de dialogar y esa perspectiva crítica que sólo el buen humor entrega. Rápidamente me enamoré de este viejo anarco-hippie medio sordo que compensaba tan bien el estilo más seco y distante de su colega psicoanalista franco-argentino.
Su historia de militancia y compromiso es un ejemplo para todos los que están dispuestos a dedicar la vida a la causa de la libertad y la justicia.
Que la tierra te sea leve, Rubén Prieto.
Dejo aquí unas fotos y una cita que encontré en el libro Ciao Anarchici, sobre el Encuentro Internacional Anarquista en Italia el ‘84. Rubén en el exilio, tan guapo y agudo como siempre.
Vivir la anarquía suena tan exótico como cuando en lenguaje común se habla de vivir en el limbo o vivir en la luna. Lo absurdo del existir estatizado se hace normal, y como toda razón es razón de Estado, salir de ese orden es perder la razón… Mi experiencia, mi sabiduría y mi placer están en los otros, se plasman con los otros y se actualizan por los otros. El sujeto de ‘vivir la anarquía’ no es mi yo, sino el encuentro, el complejo pesonaje que se resuelve en un nosotros que nunca es el plural de muchos yo



