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Ese bello y terrible mundo.

Rene Serreau cita un fragmento de las Lecciones sobre Estética de Hegel para aportar pruebas a que éste rechaza ese vulgar idealismo, al estilo de Berkeley (ser es ser percibido, esse est percipi), que considera que “las cosas sensibles constituirían un mundo subjetivo, un mundo de la conciencia”. Para Hegel éste sería un idealismo superficial. La evidencia presentada por Serreau es la siguiente:

El plumaje multicolor de los pájaros brilla, incluso si nadie lo ve; su canto, resuena aun cuando nadie lo escucha; esa flor, que sólo florece una noche, y esas selvas tropicales en las que se enlazan las más bellas y más lujuriosas vegetaciones, que exhalan los perfumes más suaves, todo perece y se pudre sin que nadie lo haya gozado.

Este fue siempre un punto en disputa en las antiguas tertulias entre Aravena y yo, y volvíase cada vez más confuso a medida que conocíamos más teorías sobre la mente y el mundo. El solipsismo siempre nos fascinó como una de las aporías del pensamiento. Fantaseábamos con ir más allá de ese límite infranqueable que nos ponía a prueba cada vez. Creo que lo que nos hizo falta fue la sencilla idea de que la verdadera lucha no es entre el individuo que conoce y su mundo, sino entre el cosmos y su desenvolvimiento. El solipsismo queda desplazado cuando tanto el individuo que conoce como su mundo son momentos en el impresionante proceso evolutivo desde la máxima simplicidad  hasta la máxima complejidad. Desde la vida automática de la naturaleza hasta la vida reflexiva de la humanidad.

Nunca tuvimos acceso a un párrafo tan bello para argumentar la caida del árbol en el bosque solitario. Cuánto me alegra esa podredumbre, ese acto sin espectáculo.

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