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Estos escandalosos amores y su época.

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La señorita Arenas, en un nuevo acto de infinita amabilidad (y nótese que no es sólo amable en el sentido cotidiano de “generosa”, sino también en el sentido estricto de “que uno puede amarla”) ha presionado a un librero para que deje salir de sus polvorientas cajas un libro ya clásico en la (casi inexistente) historia de la filosofía en Chile. Estoy hablando de “Los escandalosos amores de los filósofos”, escrito por Josefo Leónidas (que puede ser descargado aquí), un aburrido abogado que dedicó parte de su vida al humor en tono (anti-)filosófico. Una de las partes más maravillosas del libro es la participación de Themo Lobos como ilustrador de las notables explicaciones de Leónidas sobre la vida y obra de los filósofos desde los presocráticos hasta Marx.

Supe por primera vez de este libro gracias a Salgado Boza (salve), durante la clase de filosofía antigua en que trataba de explicar los presocráticos a los entumecidos estudiantes de un primer año.  Formaba parte del arsenal de datos y técnicas que Salgado ensayaba en sus alumnos para que su materia, tradicionalmente tradicional y aburrida, apareciera como algo interesante. Pese a que nunca despertó mi sincero interés en Aristóteles, al menos despertó mi interés en él mismo y como si fuera una amistad de esas que tenían los romanticos rusos (Herzen, Bakunin, Stankevich, Belinksy, Ogarev, etc.), desde ese entonces que le guardo un afecto y un respeto insuperable.

Es probable que la señorita Arenas también haya conocido el libro de boca de Salgado, o quizás por algún comentario seductor de CPS, quien debe ser, en todo caso, el origen de todo este asunto.

Una edición de 1965, en editorial Zig-Zag, con un indiscutible olor a alergia a los ácaros del polvo. Una edición de 1965, el mismo año en que fue publicado “El punto de vista de la miseria” de don Juan Rivano, cuyos poderosos argumentos contra el vericueteo seudo-filosófico me han tenido fascinado durante las últimas semanas. Eran otros tiempos, en los que nos hubiese gustado vivir. La interminable belleza de la señorita Arenas habría encontrado un trasfondo perfecto en la elevada conciencia de una época como esa. Sus gramáticas novedosas y su ingenioso modo de ser brillarían en el contexto de la Reforma Agraria, del compromiso masivo con la transformación social, del bullir nervioso de las contradicciones del capitalismo estatal. Es imaginable que su rostro de actriz del siglo XX y sus gestos de cine mudo se hayan visto hermosos disfrazados según la moda del momento; o que ver su pelo flotar en la calle Agustinas mientras pedaleaba en su CIC de color naranja (el tono perfecto del naranja) haya sido un espectáculo secreto del que yo, obsesivo y melancólico intelectual universitario, no podría haberme sustraido en ningún caso. Nos habría recibido gustosa la época, abrazados en alguna marcha, peleando con los heideggerianos en los patios de la Facultad, abriendo el paso de la libertad con pantalones ceñidos y poder popular. Sentados en la Fuente Alemana del Parque Forestal mirando el espacio vacío que hoy ocupa esta habitación.

Siempre hay nuevas razones para ser revolucionarios. Construir un mundo en el que la belleza de la señorita Arenas tenga un sentido pleno, ésta es una más. Construir un mundo en el que su mueca al sonreir avergonzada y enamorada cobre todo su valor, un mundo en el que ese germen de verdad que acarrea calladita en su baile diario florezca para toda la humanidad.

Gracias, señorita Arenas. Gracias una vez más.

Mijaíl Bakunin – Prefacio a las Conferencias del Gymnasium de G.W.F. Hegel (extracto)

Cátedra versus Conflicto, una falsa dicotomía

las mismas bajo el sol.

Ese bello y terrible mundo.

Haber actuado como un hombre.

Arde Atenas

Rubén Prieto ha muerto

déjame ver los potros que correrán el próximo año.

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