Mi lectura nocturna de estos días son las “Memorias de un anarquista en prisión” de Alexander Berkman (Melusina, 2007). Entre las páginas 409 y 416 de este impresionante documento de humanidad y pasión por la vida y la justicia, se halla una carta que Berkman escribe a Emma Goldman, su amiga y su compañera.
Sasha (el apodo de él) le escribe a la Muchacha (el apodo de ella en las cartas desde el encierro) llevando ya más de 9 años encarcelado. La profundidad de sus reflexiones sobre la vida y el movimiento sólo son comparables a la intensa emoción que transmiten sus palabras. Este es uno de esos casos en que lo bello y lo bueno van indiscutiblemente juntos.
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in pectore,
20 de diciembre de 1901
Querida Muchacha,
Sé cuánto te afectaron la visita y mi extraño comportamiento… Ver tu rostro después de todos estos años me turbó en exceso. No podía pensar ni tampoco pude hablar. Fue como si todos mis sueños de libertad, y el mundo entero de los vivos, estuvieran contenidos en la pequeña y brillante alhaja que colgaba de la pulsera de tu reloj… No podía apartar los ojos de ella, no podía evitar que mi mano jugase con ella. Absorbió todo mi ser… Y no dejé de sentir en ningún momento cómo te inquietaba mi silencio, pero no podía pronunciar una sola palabra.