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HISTORIA DE DIEZ AÑOS
(extracto)
Una de las escasas muestras de actividad crítica tras el perioíodo revolucionario fue la revista Enciclopédie de Nuisances (Enciclopedia de los fenómenos nocivos), que empezó a publicarse en 1984 y que apostaba por el retorno de la revolución social, asignándose una función defensiva, la de mantener vivo el lenguaje crítico y la memoria histórica, para cuando llegase la próxima crisis revolucionaria. La EdN buscaba tender un puente entre las luchas pasadas y las futuras, que principalmente tendrían lugar en el terreno de la oposición a los fenómenos nocivos. Su segundo número, como indica el título, hacía balance de los combates de los últimos diez años. De él entresagamos el análisis referente al movimiento revolucionario italiano.
La última posibilidad de una perspectiva de cambio revolucionario en Europa occidental, con la fuerza suficiente para contrarrestar la perspectiva de cambio de signo contrario, la de las clases propietarias, ha tenido lugar en Italia. En esta primera época de la revolución proletaria moderna lo que estaba en juego surgió de forma especialmente clara, en compañía de todos los problemas que hemos evocado planteados concretamente por un movimientto subversivo más profundo y extenso que cualquier otro antes. El movimiento, nacido en 1968 e interrumpido brevemente por las bombas policiales de 1969, no cesó de crecer en el transcurso de los años siguientes, no rehuyendo su crítica práctica ningún dominio de la vida cotidiana. Finalmente ha sido vencido, y en gran parte gracias al montaje del terrorismo. Pero no conviene sobrestimar el papel jugado en los conflictos por los artífices del terror, pues el éxito no ha sido duradero sino para los partidos vencedores.
A mediados de los años setenta, el Estado italiano, que nunca había sido ni fuerte ni íntegro, se había debilitado y corrompido a base de sangrientos expedientes improvisados por sus servicios secretos, siguiendo la estela del éxito que obtuvieron las bombas de Milán: las del Italicus en 1970, Brescia y Bolonia en 1974, cómodamente endosadas a los neofascistas ya que estos pertenecían a los servicios secretos, habían demostrado cómo y con quién pretendía todavía el Estado dominar a la sociedad italiana. Por suerte para él, no solamente luchaba contra el partido subversivo de los trabajadores radicales auxiliado por sus provocadores, sino que también contaba con la más eficaz e indefectible ayuda de los estalinistas. Estos, comprometidos dccididamente con la sangrienta historia terrorista por ser en todo momento cómplices de la mentira oficial, pretendían recoger a cambio algún beneficio gubernamental, pero, pasase lo que pasase, tenían que combatir por sí miamos a un movimiento que escapaba ampliamente a su control. El vasto partido informal de la subversión, fortalecido cii las fábricas por una abundante experiencia de lucha y por un odio social que, avivado por las primeras tentativas dc reestructuración capitalista, limitaba las posibilidades de recuperacion sindical, era alimentado en la calle por aquel[los a quienes el paro y la represión del absentismo y la indisciplina obrera habían convertido en marginales. Avanzando al ritmo de su conciencia práctica hacia medios radicales propios, amenazaba con provocar una escisión en la sociedad tanto más desfavorable para los partidarios del poder establecido cuanto que éste, debido a sus exacciones, se había vuelto más despreciable que temible.
En este proceso de ofensiva prerrevolucionaria, quien se separa del movimiento social para practicar, sometido a un secreto jerárquico, la violencia armada, precipita la llegada del momento en que termina la formación de partidos antagónicos y en que ya no se trata para uno sino de la destrucción del contrario. Al Estado le interesa provocar cuando más pronto mejor la lucha violenta, puesto que aún dispone de todas sus fuerzas, mientras que las del. adversario todavía han de crecer. El atraso leninista, que no fue ni denunciado ni combatido lo suficiente, favoreció lal emergencia de un terrorismo fácilmente infiltrable y manipulable, y permitió providencialmente dosificar la tensión al Estado para sondear la capacidad de respuesta de su enemigo y preparar la contraofensiva.
La última ocasión de escapar a esta trampa la ofreció el año 1977. La oposición irreconciliable de todos los rebeldes que diez años de luchas sociales habían producido se manifestó abiertamente, y los estalinistas fueron tratados como lo que son: los apoyos más abyectos de una sociedad repugnante. El movimiento presentó a todos los obreros de Italia la posibilidad de una elección definitiva, gracias a la cual habrían podido dejar de ser simplemente malos obreros, pero, tras un momento incierto, retrocedieron. Sin embargo, sólo ellos podían, con la huelga general, introducir al movimiento en el terreno de la acción revolucionaria, rompiendo de forma duradera la reproducción cotidiana del embrutecimiento asalariado y creando condiciones para un diálogo donde todo fuese discutible, y en primer lugar, el uso correcto de la violencia. Por otra parte, los componentes más irrealistas y más desesperados del movimiento se encontraron en la calle al descubierto. Al Estado todavía le resultaba fácil echarlos de allí pero antes tenía que acabar con cualquier posible retorno de agitación. Y lo hizo con sus medios habituales, los estaltnistas y el terrorismo, que hallaron en el fracaso del movimiento y en el desconcierto que le siguió las condiciones de óptima eficacia.
En febrero de 1978, los sindicatos, condenando las huelgas y el absentismo, prometían la vuelta de los obreros al trabajo. Hacía falta un pretexto para golpear a la subversión en cualquier sitio fuera de las fábricas y dar a los estalinistas la justificación para representar a fondo el papel de delatores: el secuestro y el asesinato de Aldo Moro (2) por las Brigadas Rojas ocurrió en marzo. La ejecución de Moro tuvo lugar, por supuesto, a instancias de una fracción del Estado, la que pareció a posteriori más lúcida en cuanto a la manera de llevar a los estalinistas al huerto y no a otra parte, pero no benefició solamente a dicha fracción: el poder del Estado en cuanto a tal, y en esto ninguno de sus partidarios se engañó, fue quien saco provecho de la nueva puja en el espectáculo de la guerra civil posible, reduciendo el conjunto de la población a la condición de público hastiado y esceptico y, por encima de todo pasivo, de una historia que no comprendía. Llegados a ese punto, la cuestión del grado exacto de manipulación de un grupo como las Brigadas Rojas (cuya acción, cualquiera que sea la parte que corresponda a los fanáticos arqueoestalinistas o a los agentes infiltrados por el Estado, es íntegramente contrarrevolucionaria), pierde interés: la manipulación más profunda y verdadera es, en otro plano diferente, la que opera en el control de todos los medios de información, gracias al cual la única explicación de la realidad que aparece es la autorizada por el Estado. La manipulación de la representación de la realidad contiene la misma manipulación de la realidad como uno de sus momentos necesarios. A ese respecto, el número de “arrepentidos” entre los temibles brigadistas basta para dar idea de la seguridad de su organización. Estos pueden acabar, o bien retornando al seno de la Iglesia, o bien de consejeros t~cnicos de una película sobre el asunto Moro, lo cual no hace más convincente a lo que en la realidad pareció más bien no era sino una mala película.
Ciertamente, el Estado, con el terrorismo, no consiguió el sostén positivo de la población, pero al menos obtuvo su neutralidad en la lucha brutal contra la subversión, que era su verdadero objetivo, y eso ya es más que suficiente. Por el precio de unos cuantos centenares de muertos (la bomba de Bolonía vino a relanzar oportunamente el espectáculo del horror) y de unos cuantos millares de prisioneros políticos (las detenciones que empezaron durante el asunto Moro continuaron durante los cuatro anos siguientes), el Estado no solamente ha quebrado la ofensiva que le amenazaba, sino que igualmente ha paralizado la capacidad de resistencia de los trabajadores, abriendo de este modo la vía a la tan esperada reestructuración económica. Como decía el propio Moro durante su secuestro,”Pasado algún tiempo, la opinión pública comprende”, pero para el espectáculo cualquier verdad enunciada vale sólo cuando su tiempo ha pasado: aunque llegue y se integre sin peligro en la reescritura de la historia, el espectáculo no reina menos sobre un eterno presente. En lo sucesivo, todo se sabe en Italia, lo de la logia P2 (3), lo de la Mafia (4), el Vaticano (5) o los servicios secretos, pero la verdad no tiene uso porque la única fuerza que podía apoderarse de ella y convertirla en una verdad práctica, en una exigencia concluyendo sobre lo esencial, ha sido vencida.
ENCYCLOPÉDIE DES NUISANCES,
Nº 2, febrero de 1985.
NOTAS
(1) Los progresos de la racionalización capitalista, la reorganización del trabajo en función de los imperativos económicos, la desarticulación de la revuelta obrera por el paro, la escisión entre los sectores obreros tradicionales, ligados al sindicalismo, y los trabajadores jóvenes o no integrados que representaban la protesta moderna, la dificultad cada vez mayor de practicar la negación total del sistema que Mayo del 68 había preconizado, la caída en las ilusiones ideológicas típicas de la situacion marginal en que el capitalismo había colocado a los jóvenes obreros radicales...
(2) Primer ministro entre 1974 y 1976, y presidente de la Dernocracia Cristiana cuando lo secuestraron. Cabeza visible de los partidarios de la entrada de los comunistas en el gobierno.
(3) Logia francmasónica descubierta en 1981, dirigida aparentemente por Lucio Gelli, tras la que operaba la red Gladio, organización secreta anticomunista de los tiempos de la guerra fría. A la logia pertenecían militares, financieros y políticos (muchos de ellos democristianos) y era un verdadero segundo poder, un gobierno en la sombra, opuesto al compromiso historico y artífice real - a través de los servicios secretos y de las organizaciones fascistas - de la estrategia de la tensión.
(4)
La asociación de la Mafia con la Democracia Cristiana era un secreto a voces que fue desvelado con el procesamiento del Primer Ministro Andreotti y otros dirigentes (1994) por asociación mafiosa y asesinato. La mafia sirvió no sólo para financiar y dar soporte electoral al partido, sino para eliminar rivales políticos, periodistas curiosos (como Mino Corefli), jueces incómodos (como Matteo Falcone), funcionarios que sabían demasiado (como el general Dalia Chiesa), etc.
(5) La quiebra fraudulenta del Banco Ambrosiano destapó las oscuras tramas financieras del Vaticano, su conexión con la mafia y la logia P2. Su director Calvi, apareció muerto en Londres, colgado de un puente, y el siguiertte responsable, Sindona, fue suicidado en una cárcel de Estados Unidos.
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