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AUTODISOLUCIÓN
DEL NÚCLEO DE IRA
Marzo del 2006
Por más de cuatro años los miembros del
Núcleo de ira dedicamos nuestras energías a difundir teoría
y propaganda revolucionaria, a estrechar lazos con otros anticapitalistas
y a estimular la lucha social donde fuera posible. Durante ese tiempo
el nombre del grupo se hizo relativamente conocido, sirviéndonos
para facilitar los encuentros y para fomentar la circulación de
nuestras publicaciones. Hoy en cambio, por muchas razones, ese nombre
se ha convertido en un obstáculo para la práctica que queremos
desarrollar. De ahora en adelante ya no nos reconocemos, ni individual
ni colectivamente, como "Núcleo de ira".
Todas las rupturas con el pasado son difíciles, porque nos obligan
a hacernos cargo de la libertad para emprender un nuevo comienzo. Y para
los seres humanos habituados a vivir en la opresión, es muy difícil
hacerse cargo de sí mismos cuando nada los encadena a lo que han
sido hasta ahora. Es por eso que se permiten hablar de revolución
y de violencia, y al mismo tiempo se aferran a la ilusión de una
actividad cotidiana predecible y siempre igual a sí misma, en la
que nunca arriesguen ver tambalearse sus propias convicciones. Pero si
la actividad revolucionaria no estuviera llena de rupturas imprevistas
y de saltos bruscos hacia lo desconocido, jamás habrían
existido revolucionarios en ningún lugar del mundo.
Se nos dirá que abandonar un nombre no significa nada, o peor aún,
que sólo es un truco de ocultismo para atraer más militantes
a nuestras posiciones. Tales sospechas, si existen, sólo reflejan
los hábitos de un medio social intoxicado de maquiavelismo político.
El asunto es mucho más sencillo: si dejamos de identificarnos como
"núcleo de ira" es porque no seguiremos haciendo lo mismo
que hacíamos, ni seguiremos siendo los mismos que éramos.
No necesitamos atraer a nadie a nuestras posiciones. Nuestras posiciones
son las de nuestra clase y nuestra actividad expresa lo que el proletariado
como un todo es capaz de hacer en este momento de su desarrollo. Y si
algo puede y debe hacer el proletariado, es exponer de la forma más
clara posible el significado de su lucha cotidiana real.
Precisamente, una de las razones por las que decidimos abandonar la identidad
grupal que teníamos, es que ésta nos hacía aparecer
como uno más entre los numerosos grupos de ultraizquierda que compiten
por dirigir al proletariado, y que, con la intención de deslumbrar
a sus dirigidos, difunden obsesivamente una identidad grupuscular, un
nombre, una ideología y un logotipo característico que suelen
provocar el escepticismo o la risa de los proletarios despiertos. El nombre
"izquierda radical autónoma" bastaba para que cayera
sobre nosotros la sospecha de que actuábamos con el mismo maquiavelismo
que todos los grupos de izquierda, persiguiendo sus mismos fines. Y hubo
todavía más razones para sospechar eso cuando decidimos
firmar simplemente como "núcleo de ira"; porque los nombres
de fantasía aplicados a grupos de personas son siempre mistificadores,
siendo la marca distintiva de la mentalidad político-empresarial
que hace correr a las organizaciones de izquierda en busca de admiradores
leales. Pero los objetivos y métodos de la ultraizquierda, que
son los del reformismo dichos en lenguaje radical, no son los nuestros.
Nosotros no tenemos nada que venderle a nuestros hermanos de clase, nada
con qué seducirlos. No somos un grupúsculo compitiendo en
prestigio e influencia con los demás grupúsculos y partidos
que dicen representar a la clase obrera, y que pretenden gobernarla. Somos
proletarios que luchan por auto-emanciparse con los medios que tienen
a su alcance, y nada más.
"La emancipación de la clase trabajadora sólo puede
ser obra de los trabajadores mismos". Por eso, cada vez que el proletariado
hace surgir en su interior una dirección experta, diferenciada
y puesta por encima de sí mismo, está reproduciendo la vieja
división entre los que mandan y los que obedecen, entre los que
piensan y los que ejecutan, entre dirigentes y dirigidos. Nosotros rechazamos
toda práctica que implique o sugiera esa separación. Cuando
un grupo utiliza un nombre para diferenciarse del resto de la clase, lo
que hace es ponerse a sí mismo en una vitrina a fin de vender su
ideología, reproduciendo la separación entre los proletarios
comunes y los especialistas en revoluciones. Pero "los comunistas
no forman un partido aparte de los demás partidos obreros. No tienen
intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado.
No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento
proletario". Toda la izquierda y su ala extrema, así como
muchos anarquistas sin clase, olvidan esto deliberadamente. Su práctica
grupuscular y fantasiosa demuestra que si tienen una meta en la vida,
ésta no consiste en destruir la sociedad burguesa, sino en ganarse
un sitial de prestigio en ella, como vanguardia dirigente de los explotados.
El proletariado, por su parte, lucha ante todo por conquistar el poder
sobre su propia actividad social, de forma conciente y unitaria. Ese combate,
esa conquista y ese ejercicio del poder son de naturaleza eminentemente
social, y sus avances no pueden disociarse de la experiencia cotidiana
del proletariado como un todo. Por eso si la clase trabajadora quiere
emanciparse a sí misma, debe combatir en primer lugar a todos los
sectores que se separan de ella para representarla o dirigirla. Los grupúsculos
y partidos son los primeros obstáculos para su auto-emancipación.
De ahora en adelante realizaremos nuestras tareas revolucionarias como
individuos organizados en función exclusivamente de nuestros objetivos
programáticos. Ningún nombre, ninguna sigla ni seña
de identidad debe interponerse entre los comunistas y los demás
miembros de la clase trabajadora. Para el agrupamiento, para la organización
colectiva real, viviente y dinámica de los proletarios no debe
haber más requisito que el acuerdo teórico y práctico
en torno al programa comunista. Esa es la única garantía
de que nuestra actividad exprese realmente el programa, la teoría
y la praxis del movimiento comunista real, y no un cúmulo de fantasías
inmediatistas. Por débil o subterráneo que el movimiento
comunista sea hoy día, nuestra obligación es expresarlo
y ayudar a articularlo concretamente en la vida de las masas. Esto nos
opone a todo activismo, y a cualquier otro disfraz del reformismo liberal.
Lo que buscamos expresar y revitalizar es la oposición conciente
de los esclavos asalariados contra las relaciones capitalistas, contra
el Estado y contra toda forma de representación y de dominación.
Sin duda en el futuro, por una cuestión de eficacia práctica,
tendremos que nombrar de algún modo los frutos materiales de nuestra
actividad. Pero la actividad misma que nos une, que reconocemos como una
parte más de la lucha comunista global, nunca podrá ser
expresada cabalmente por sigla ni nombre alguno. Dejamos atrás
una forma exterior porque el contenido de nuestra práctica la ha
superado.
Asumimos esta ruptura con el pasado con energía y con entusiasmo,
porque sabemos que este movimiento de superación apunta hacia el
futuro, hacia la comunidad humana sin separaciones ni mistificaciones,
hacia el comunismo. Y sabemos que mientras quede sangre en las venas del
proletariado, este movimiento no se detendrá ante nada.
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