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Antagonismo # 0, diciembre 2002
Pánico en la casa de los espejos:
La identidad en el mundo de la mercancía
"La relación o razón de valor hace que la forma natural de la mercancía B se convierta en la forma de valor de la mercancía A o que la materialidad corpórea de la primera sirva de espejo de valor de la segunda (al hombre le ocurre en cierto modo lo mismo que a las mercancías. Como no viene al mundo provisto de un espejo ni proclamando filosóficamente, como Fichte: "yo soy yo", sólo se refleja, de primera intención, en un semejante. Para referirse a sí mismo como hombre, el hombre Pedro tiene que empezar refiriéndose al hombre Pablo como a su igual. Y al hacerlo así, el tal Pablo es para él, con pelos y señales, en su corporeidad paulina, la forma o manifestación que reviste el género hombre)" - Karl Marx, El Capital
"Identificarse con", "ser de", "ser un", entre otros decires para involucrarse con algo, son términos habitualmente nombrados por voces que transitan por las urbes cada vez más cosmopolitas, pluralistas y fraccionadas. "Ser nada" parece ser el punto cero y al mismo tiempo el límite. "Somos de" o "no somos de", a cada cual su preferencia espiritual.
No venimos refiriéndonos a un fenómeno nuevo. En la antigüedad, ciudades cosmopolitas como Tarso o la Roma pagana, albergaban una multiplicidad de creencias y grupos que el cristianismo sintetizó o resumió. Lo que aquí nos interesa es la identificación de los individuos con algún grupo, estilo de vida, alguien o algo en la sociedad mercantil, sociedad cuyo régimen social de producción está históricamente dado: la forma de producción capitalista.
En lo que sigue reflexionaremos sobre la identidad, sobre cómo los hombres se ven a sí mismos, sobre como los hombres se sienten alguien (o algo) en un mundo sometido a la dictadura de la mercancía. Nuestra reflexión intenta esquivar la fraseología sicológica, sociológica, lógico-matemática u ontológica para pensar este fenómeno humano desde una perspectiva que busca captar la totalidad de la situación y no pasar por un pretendido estudio más sobre el milenario tema. Lo que intentamos es mostrar el hecho de que el hombre sometido a la mercancía busca su identidad, su mismidad, para ser absorbido por la mercancía en sus distintas manifestaciones y perderse en ser un algo que poco tiene ya de real.
A lo anterior se puede reprochar "¿y qué es lo real?", reproche posmoderno al que podemos responder: la opresión, el totalitarismo al que nos somete la sociedad mercantil, la dictadura de la economía, la impresión de que es posible una vida más humana en que podamos disponer de cada momento de nuestras vidas con plena conciencia de que algún día moriremos.
LA CRISIS MERCANTIL DE NUESTRA IDENTIDAD
“La erradicación de la personalidad acompaña fatalmente las condiciones de la existencia concretamente sometida a las normas espectaculares y, por tanto, cada vez más separada de las posibilidades de conocer unas experiencias que sean auténticas y así descubrir sus preferencias individuales. Paradójicamente, el individuo debe renegar constantemente de sí mismo si en semejante sociedad quiere gozar de un poco de consideración. Esa existencia postula, en efecto, una fidelidad siempre tornadiza, una sucesión de adhesiones siempre decepcionantes a unos productos engañosos. Se trata de correr deprisa tras la inflación de los signos depreciados de la vida. La droga ayuda a conformarse a esta organización de las cosas; la locura ayuda a huir de ella.” - Guy Debord, Comentarios sobre La sociedad del espectáculo
Una sociedad en la que la relación entre los productores está reducida a una relación social entre objetos, donde la relación del hombre con sus producciones se ha vuelto algo misterioso hasta el punto de creer que estas (cosas) son las que fundan sus relaciones y no que se trata de un hecho histórico causado por ellos mismos, esa es la sociedad en que no nos encontramos frente a nosotros mismos sino ante cosas, misteriosas y extrañas ante las cuales cuesta sentirse uno mismo.
No hay memoria de otras formas de relación y la que se tiene muestra un pasado que no es más que premisas para un presente concluyente.
En un mundo donde la actividad creativa del hombre guarda directa relación con sus necesidades reales, las diversas manifestaciones de actividad humana se entienden como diversas modalidades del mismo humano (Juan el músico, Juan el pescador, Juan el albañil: los juanes); sólo en una sociedad donde los hombres trabajan los unos para los otros sistemáticamente y segundo a segundo, el hombre se disgrega en su ser, es sometido a la dictadura de la mercancía.
Para los antiguos, como Aristóteles, existía una unidad de ser como unidad de una multiplicidad de seres o unidad de uno solo considerado como múltiple (ya veíamos el caso de “los juanes”). Había modalidades, formas de ser distinto pero el mismo, pero no una separación entre identidades, tipo identidad pública / identidad privada, separación esquizoide del hombre del mundo mercantil, hombre que alberga muchos y múltiples yo sin poder actuar como uno, postrado en la incertidumbre y la confusión.
Desde ahora la estabilidad del hombre que razona y critica el mundo que le ha tocado vivir es descalificada por apologistas del simulacro, el desorden, la falsedad, la histeria, la inseguridad y del pensar desde la debilidad: del temor de hablar hecho regla. En tal contexto, cualquier identidad pierde sustancialidad, pierde realidad y se vuelve hacia la búsqueda en el vacío de fantasmas cuyas manos no nos pueden ayudar sino para confirmar cada vez más el vértigo y la angustia que se nos impone.
“Identidad pública” o lo que somos para la vida en sociedad, vida impuesta desde lo interno, en contraste con la identidad que podemos guardar en la privacidad, vida impuesta desde lo externo. Así se hace parte de múltiples identidades, muchas veces excluyentes y en conflicto entre sí... pero así lo exige la viabilidad de la vida en una sociedad mercantil.
La pretendida disolución de movimientos políticos, de valores sociales, de objetivos universales, ha puesto como alternativa de resistencia las certezas basadas en grupos de identidad, opciones atomizantes en sociedades cada vez más caotizadas y confundidas. Desde criterios de identidad (superficiales o puestos a la vista por el espectáculo) nadie sabe quién es en realidad. Mutantes e híbridos comienzan a caminar a ciegas por las calles(¿y abrir entonces la posibilidad de una nueva humanidad, de un híbrido que abre las puertas al comunismo? ; ¿es así Profesor Negri?).
Multitiendas de grupos identitarios, hasta se habla de "rock identitario" (donde más que en el posmoderno neonazismo). Identificarse con algún grupo es integrarse a las imágenes o tipo de imágenes en que nos sepulta la sociedad del espectáculo; ninguna identidad puede escapar de las letras lapidadas que los definen, unas más o unas menos oscuras, todas terminan en el mismo cementerio. Alguna vez las identidades vivirán como tales, ahora sólo queda ver zombies.
En la fase espectacular del capitalismo, en que la dictadura de la mercancía ha acabado con todos los referentes de la vida de los individuos para ser el único y dictar sobre cada aspecto de la vida de éstos, los hombres se conforman y caminan encadenados a la velocidad del carro mercantil, adhiriendo a una u otra identidad, a una u otra creencia, sin poder quitarse de sus cabezas el peso que los asfixia. Así no hay autonomía posible, así no se puede mirar hacia atrás, así no se guarda memoria, todo se reduce al vacío del totalitarismo mercantil.
Para quienes el mundo es el mundo mercantil por naturaleza, las identidades más precarias y desechables calan en sus mentes sin memoria que caen por el abismo esquizoide del eterno presente. Como si se tratara de una paseo hasta la eternidad por uno de aquellos templos de la sociedad espectacular llamados Mall. Quien carece de referentes y memoria no puede decidir qué elegir, qué comprar, quién ser.
A esta altura del capitalismo, la mercancía es la condición de todo gesto, de toda motivación. Se trabaja para producir disfraces de insatisfacción, escondites imaginarios que nos pierden una y otra vez, laberínticamente, de nosotros mismos. La identidad final es promesa y es mentira, bajo el yugo de la mercancía no hay otra posibilidad: la mentira es regla.
En el vacío de la ciudadanía espectacular siempre veremos un yo inacabado, una autenticidad falseada que no tardará, una y otra vez, en mostrarse como tal, una vida siempre impotente que nunca podrá identificarse totalmente con las imágenes que se le imponen y aplastan.
LA IZQUIERDA IDENTITARIA / DISGREGADA / INTEGRADA
“La noción hippie de viaje (trip) expresa el hecho de que cuando las mercancías se hacen más abundantes, adaptables y disponibles, la mercancía individual se devalúa en favor del conjunto. El viaje no ofrece sólo una mercancía o idea, sino un principio de organización que permite escoger entre todas las mercancías o ideas. En contraste con el bloque de tiempo donde “todo está incluido”, que se vende todavía como una mercancía distinta, el carácter mercantil del viaje en esta acepción indefinidamente ampliada (arte, artesanía, pasatiempos, moda, estilos de vida, subculturas, proyectos sociales, religión), y que comporta un complejo más flexible de mercancías y celebridades, esconde detrás una actividad casi autónoma que el individuo tiene la impresión de dominar. Este “viaje” representa el momento en que el espectáculo se ha hiperdesarrollado tanto que se hace participativo. Restablece la actividad subjetiva que falta en el espectáculo, pero tropieza con los límites del mundo dominado por él; límites ausentes en el espectáculo, precisamente porque está separado de la vida cotidiana.” - Ken Knabb, La sociedad del situacionismo
En la sociedad mercantil de fines de siglo 20 y comienzos del 21, sociedad del espectáculo y del capitalismo de casino, la izquierda tiende a volverse anarquista y post estructuralista, liberal y renuente a proyectos totales de rebelión contra todos los aspectos de la (no) vida espectacular. La política de la identidad toma su puesto de batalla contra el totalitarismo economicista sin saber que esta misma, desde su centro, ha impuesto esta forma de contestación relegando la posibilidad de un levantamiento en común sustentado por la exigencia de una vida que pueda llamarse como tal, un levantamiento de la vida humana contra la no vida espectacular.
Buscar ser alguien o algo identificándose con grupos de izquierda de tinte salvacional, no deja de ser una ilusión, no deja de ser una imposición de un mundo que no nos pertenece ni parece pertenecernos. En estos grupos se asume el papel del elegido, del que hace el bien por el mundo, del que se da cuenta —ese a que no sabe de qué. El consuelo reside en la acción que gira en torno a las directrices de no sabemos qué propósito, siempre presionados por la contemplación de nuestros pares del grupo (con los que nos identificamos) y hasta por nuestra propia auto contemplación culpable y falsa.
Se afinan las políticas hasta alcanzar el tono de la revolución en poleras, alpargatas y páginas de Internet. Se habla de construcción de identidad en clave audiovisual sobre la base de una ideología que ve en la tecnología de la comunicación un profundo respiro cargado de creatividad para un capitalismo que anuncia y espera un futuro luminosamente renovado. “Una nueva percepción” del hombre que la izquierda, fracturada por una política sectorizada y de identidades locales, debiese aprovechar en un futuro para el que se debe estar preparado, un futuro que “ya es”.
Así se sigue el juego. Es cosa de enmascararse y apostar por el mayor grado de libertad que ofrezca el mundo plural de identidades ilusionadas.
Los diferentes grupos de identidad se ven tentados a radicalizar su diferencia sin darse cuenta de que aún caminan por la superficie de la mentira: la política de la mercancía, la separación.
Pero los intereses sectorizados y exclusivos que proclama cada grupo de identidad no espera ningún cambio de la vida misma: sólo ganar la falsa libertad de gozar de un determinado estilo de vida sin tardar en reconocer el patetismo de su ilusión y angustiarse por los mezquinos límites que han ganado para su pequeño jardín de niños inquietos (entendidos como vulgares seres débiles para la máquina mercantil).
Y qué decir de los que ya han visto florecer su jardincillo tipo oasis: los movimientos contraculturales, a fuerza de voluntad y con una inocencia perversamente asumida que los acerca al fascismo, se identifican con la “causa revolucionaria” sin tener conciencia de que sólo asumen un estilo de vida más, sin crítica, ilusos, buscando una sonrisa de parte de aquel que se les parece.
Cuando la mercancía ha llegado a estar presente en todos los aspectos de la vida, esta nos proporciona los sueños, el estilo, la imagen que necesitamos para creer que cambiamos la vida sin percibir que este entusiasmo no conduce más que a la desilusión. Sea que nos identifiquemos con un conocido artista del rock o con un comentado perdedor (del cual ni siquiera sabemos en que términos realmente perdió), las identidades del espectáculo siguen ahí para engañarnos y frustrarnos, para que la alegría y la vida sean efímeras y nos recuerden una y otra vez que las cosas se logran con TRABAJO.
Contra una vida pasiva, que cae por el vacío de la hegemonía mercantil, queda buscar la autogestión de todos los momentos de nuestra vida, una vida consciente de sí misma, una vida que nos parezca más real y no impuesta por relaciones entre objetos, una vida no pasiva en la que dispongamos del control del empleo de la propia vida. Esa vida que podemos encontrar en la aventura, en la deriva, en la sensación de estar haciendo algo por y para nosotros mismos, en la conversación —como vida compartida— contra una cultura de la imagen que se intenta imponer, cultura del aislamiento espectacular y del ruido que no nos deja vernos ni escucharnos (como en bares subculturales y mazmorras espirituales).
Más allá de falsos conflictos de identidad / entre identidades y liberados de la sensación de volver a lo mismo, la aventura de comenzar a destruir la falsificación de nuestra vida pasa por reconocerse en el hombre que me identifica y desidentifica a un mismo tiempo, que me lleva al auto examen. No tomar la identidad desde un objeto tipo “maniquí”, puesto en circulación por intereses económicos en el mercado de los estilos de vida y la ilusión.
Ni identidad popular ni patriótica y ninguno de sus derivados. La única identidad que se afirma contra la sociedad de la no vida y la dictadura de la mercancía es la que nos identifica con una vida plenamente humana, liberada de las condiciones insoportables del modo de producción capitalista en su momento más totalitarista.
La sectorización y la sobreexlpotación de la diferencia (¿o separación?) avanzan hasta la crisis, crisis y conflicto de identidades que poco a poco revelan su banalidad y devienen nihilismo, “ser nada”, como se mencionaba al principio.
En el punto cero del vacío nihilista queda abierta una brecha que muestra la posibilidad de reconocernos en una identidad más real y humana, la actividad humana como única e idéntica a sí misma, la identidad de la única comunidad humana posible, ni natural ni socialmente construida, simplemente vida humana. |
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