Cátedra versus Conflicto, una falsa dicotomía
Una respuesta al texto “A propósito de los talleres de Introducción al anarquismo en el Marzo Anarquista” publicado en hommodolars.org el Viernes 3 de Abril del 2009
(http://www.hommodolars.org/web/spip.php?article1379)
Como responsable del curso “Introducción al Anarquismo” del Marzo Anarquista 2009, y aunque el/la o los/as autores/as del texto señalan explícitamente su intención de no discutir sus puntos de vista, he querido dejar por escrito una respuesta al texto y una invitación a proseguir el debate, que es tan enriquecedor y que sólo puede traer beneficios para un movimiento anarquista con pretensiones revolucionarias. No intentaré hacer una defensa personal, ni una defensa del taller del que soy responsable. Lo que me interesa es la discusión de posiciones, con el fin de aportar al debate interno en el heterogéneo movimiento anarquista local. Apelo a la buena fe de los editores de hommodolars, que aceptarán este texto y lo publicarán como réplica.
Me parece importante, en cualquier caso, invitar a los y las lectoras a formarse su propia opinión, y no quedarse sólo con las perspectivas expresadas en el texto anterior y en esta respuesta. Para eso, están disponibles para descargar las grabaciones de audio de las sesiones del curso, en http://www.marzoanarquista.org/?page_id=11
¿Introducción al Anarquismo?
Se hace necesario aclarar el sentido que ha tenido este año el taller de “Introducción al Anarquismo”. En el Marzo Anarquista del año 2008, existió un taller de “Teoría del Anarquismo”, y este año fue rebautizado como “Introducción al Anarquismo”. Este no es sólo un cambio de nombre. Lo que cambió fue justamente el carácter del taller. Mientras el año pasado nos dedicamos a revisar, de una manera más bien dispersa, algunos temas y problemas de la teoría anarquista (la libertad, la autoridad, el individuo y la sociedad), intentando revisar textos que hablaran de ellos y enfatizando la discusión, este año el taller se enfocó en exponer algunos aspectos básicos del anarquismo para presentarlos a un público que no está plenamente informado, con el fin de hacer un aporte efectivo a la difusión y la discusión del anarquismo entre jóvenes, adultos, trabajadores, activistas, estudiantes, sean anarquistas o no, sean subversivos o no, sean revolucionarios o no.
Esta opción por la “Introducción” es una opción meditada. Se trata de reconocer la importancia que ha tenido la difusión del ideario libertario desde sus inicios en el seno del movimiento obrero europeo del siglo XIX, un origen que no podemos olvidar, pero del que tampoco tenemos que ser devotos. En primer lugar, el anarquismo no es sólo para los anarquistas. En segundo lugar, nadie nace anarquista. Por eso mismo, propuse a la organización del Marzo Anarquista hacer una introducción que permitiera mostrar una noción básica de la perspectiva social, política, económica y cultural del anarquismo en la actualidad, utilizando tanto la exposición como la discusión para que personas que no conocen el anarquismo puedan conocerlo y formarse una opinión, integrarlo a sus luchas cotidianas o simplemente desecharlo porque no están de acuerdo. Al mismo tiempo, me interesaba promover discusiones de este mismo tipo con otros y otras anarquistas, encontrar puntos en común y puntos de divergencia, con el fin de clarificar y fortalecer las posiciones individuales y colectivas. De eso se trataba el taller, esa era la intención.
El anarquismo no es cualquier cosa
Hay un ideario del anarquismo. Eso es lo que está en el fondo de la cuestión. El anarquismo no es cualquier cosa, tiene límites. Lo que pasa es que esos límites no son fijos. El anarquismo es una perspectiva revolucionaria que surge en un momento determinado de la historia de la humanidad, y tiene ciertas características específicas que uno no puede pasar por alto. Al mismo tiempo, y esto es muy importante tenerlo en cuenta, es una perspectiva que, al no tener una Biblia, unos Mandamientos o una Oficina Central, va modificándose a lo largo de la historia, siempre abierta a ser algo distinto, siempre dispuesta a cambiar en la medida en que ese cambio le permita volverse aún más revolucionaria, aún más liberadora.
El anarquismo es una ideología, si es que con la palabra “ideología” se entiende una perspectiva coherente (a pesar de las diferencias), consistente (a pesar de sus errores), capaz de darle forma ordenada y sólida a una voluntad revolucionaria de transformación social. Si eso es una ideología, el anarquismo es y debiera ser una ideología. Debiera de ser un punto de vista teórico y práctico que fuera útil para acabar con el capitalismo y el estado, y que entregara herramientas básicas para construir un nuevo mundo sin explotación y sin dominación.
El anarquismo NO es una ideología, si es que con la palabra “ideología” se entiende un conjunto cerrado e inmodificable de prescripciones teóricas y prácticas que descienden desde la autoridad de un Pontífice y han de ser obedecidas por cuadros que no toman parte en la construcción de esa misma perspectiva. Si esto es una ideología, el anarquismo NO es y NO debiera ser una ideología. NO debiera ser una receta dogmática que no tomara en cuenta las circunstancias históricas, NO debiera ser un conjunto de ideas fijo e inmutable.
En este sentido, es importante saber que el anarquismo ha tenido y tiene certezas (como que el capitalismo y el estado están a la base del problema, como que para lograr la libertad hay que utilizar medios libres, como que no podemos contentarnos con soluciones a medias, como que hay que lograr una transformación en todos los ámbitos de la vida). Pero que eso no significa que vayan a ser siempre las mismas, o que no tomen formas distintas según las épocas. Tener algunas cosas claras no es lo mismo que tenerlas TODAS claras. Tener certezas no es lo mismo que tener la verdad. Por eso me sorprende que los/as autores/as del texto inicien su crítica con un párrafo sobre “los anarquistas de boca” y “los realmente anarquistas”. Tenía la impresión de que la crítica apuntaba a la creación de verdades finales, y lo primero que aparece es la declaración de haber llegado a una idea de lo que es un “anarquista de verdad”. No, no hay “anarquistas de verdad”. Todos los anarquistas son de verdad. Lo que hay son distintas posiciones, algunas más discutibles que otras según una perspectiva seria y comprensiva de la historia del anarquismo. Si creemos que el anarquismo no es cualquier cosa; si, por ejemplo, no estamos dispuestos a aceptar que el anarquismo sea una idea neoliberal sobre la propiedad privada individual, tal como ha querido hacer la escuela así llamada “anarco-capitalista” o “anarquista de mercado”, entonces tenemos que estar dispuestos a encontrar esos límites, a tener discusiones ideológicas e históricas para encontrarlos, y afirmar que algunas cosas pueden llamarse anarquismo y otras no. El anarco-capitalista no es “anarquista de boca”. No, el anarco-capitalista simplemente NO es anarquista.
Tener certezas no es ser privilegiado. Es solamente haber llegado a ciertas conclusiones, mediante un proceso de reflexión. Ninguna conclusión es definitiva, a menos que se trate del Juicio Final. Por lo tanto, no hay que tener miedo de concluir, no hay que tener miedo de decir “esta es mi posición y la tengo clara”, porque es justamente esa actitud la que nos permitirá hacer la revolución. Y de hecho, es justamente esa la actitud que recorre la crítica que aquí contesto. Ha planteado con toda claridad y certeza una posición.
La discusión ideológica (en el buen sentido, que lo hay) al interior del anarquismo es más necesaria que nunca, en la medida en que es necesaria una perspectiva coherente y sólida (aunque no cerrada, ni definitiva) sobre la sociedad actual, sus problemas centrales y las formas que consideramos apropiadas para avanzar en la destrucción de este modo de vida y la construcción de uno hecho en base a la libertad y la igualdad. El anarquismo lleva casi 80 años de marginalidad en la vida social de este país y de Latinoamérica, y la única forma de que nuestra perspectiva alcance la suficiente fuerza colectiva como para lograr una transformación profunda y radical de la sociedad, es planteando claramente nuestros objetivos y los medios que creemos apropiados para conseguirlos. De este modo, vamos a poder ser más efectivos (aquí supongo que los anarquistas quieren de hecho lograr algo) y al mismo tiempo, estamos siendo honestos con las personas que se interesan por nuestra perspectiva y perciben que en el anarquismo se pueden encontrar respuestas a problemas concretos de la vida en el capitalismo de hoy.
Anarquismo y violencia, una cuestión de estrategia
Me gusta creer que la cuestión de la acción directa violenta es un problema estratégico, y no de principios. Por eso mismo, no se trata de defender o atacar las acciones violentas por sí mismas, sino de evaluar su necesidad y su efectividad en momentos determinados. A diferencia de los/as autores/as del texto, no considero que, por definición, el lado de los/as anarquistas sea el lado de la violencia. Las acciones directas violentas han sido parte de la historia del anarquismo, pero no han sido su aspecto fundamental. Las formas de lucha anarquista han pretendido ir mucho más lejos que la mera acción directa violenta, que es por su propia naturaleza una acción local, y que no ataca al sistema capitalista y al estado en su conjunto. El anarquismo no pretende una transformación local en la vida de algunos, sino una transformación global de la vida de todos y todas. Por eso mismo, ha concebido formas de lucha coherentes con esa pretensión.
Los “ataques a las instituciones del poder” no deben nunca reducirse a las acciones directas violentas contra los edificios de estas instituciones. Hay que concebir las cosas de una manera más amplia y más compleja.
Con el capitalismo y el estado no se puede acabar “aquí y ahora”. Es simplemente impensable. En la práctica, no es posible. No tenemos la capacidad material para abolir el trabajo asalariado, institución capitalista muy concreta en la que se basa todo un mundo de explotación y alienación. No tenemos la fuerza para abolir el estado y sus instituciones de ordenamiento político y social. Simplemente no tenemos esa capacidad, ni esa fuerza. Si las tuviéramos, el mundo sería otro. Lo que tenemos que hacer es llegar a tener esa capacidad, impulsar la organización de las fuerzas colectivas de la sociedad para que nuestros ataques tengan una potencia indestructible y seamos capaces de acabar realmente con el problema.
Con los ataques particulares, nunca se acaba el problema de raíz. El problema de raíz no es un individuo o una sola institución. El problema es un entramado complejo de instituciones sociales, prácticas cotidianas, relaciones económicas, dinámicas políticas tanto en la vida privada como en el ámbito social. Y este entramado, al que llamamos capitalismo y estado, al que llamamos explotación y dominación, es destructible. Lo que pasa es que para destruirlo hay que tener la fuerza suficiente para hacerlo, y la capacidad como para poder construir una forma de vida que pueda responder sensatamente a las necesidades concretas de las personas.
El anarquismo no es sólo destrucción, de eso nunca hay que olvidarse. La destrucción es sólo un momento, el más acuciante, el más crítico, el más relevante para nosotros hoy en día. Pero el anarquismo es también es constructivo. Y no sólo el día después de la destrucción, sino también en la actualidad. Para construir hay que destruir, pero para destruir también hay que saber construir. Y esa construcción es el proceso constante de lucha que los y las anarquistas tienen que llevar a cabo en los ámbitos que consideren apropiados, sabiendo reconocer los que son más cruciales y efectivos en momentos determinados. En esta lucha no sólo hay actos de negación, también hay momentos en los que es necesario construir, sentarse a discutir los problemas y las soluciones, organizarse y definir una estrategia coherente. De otro modo, nuestra práctica es ciega y sólo se basa en la rabia. La rabia es fundamental, pero no basta con estar enojado. También hay que tener claro lo que se busca, también hay que tener claro la manera de lograrlo. El enojo sin perspectiva es como una simple pataleta.
En términos de estrategia, no nos sirve el inmediatismo. No nos sirve basarnos SOLAMENTE en la rabia y el odio que le tenemos al mundo vigente. Si lo que quisiéramos fuera simplemente descargar la rabia, estaría bien. Pero lo que queremos es acabar con el capitalismo y el estado, y para eso necesitamos actuar de manera consistente y con proyección hacia el futuro. Construir desde ya, no esperar, pero proyectando la acción hacia el futuro.
Lo importante es tener una noción clara de lo que es el capitalismo, de lo que es el estado. Tener claridad sobre quién es el enemigo es fundamental. Y para acabar con el capitalismo, que NO es una oficina de banco o un paradero del Transantiago, sino un entramado económico-político mucho más grande, necesitamos actuar de manera consistente, con sindicalismo revolucionario, con un movimiento estudiantil fuerte y rebelde, con las luchas territoriales que generan comunidad y esperanza libertaria, con bibliotecas populares, con talleres de auto-formación, con escuelas, centros sociales y publicaciones en las que difundamos nuestras ideas y las maneras en que creemos que el mundo funcionaría de manera justa para todos y todas.
Sólo puedo esperar que los/as autores/as del texto reconozcan que la diversidad estratégica es fundamental para nuestros fines, y que no estén dispuestos a negar la necesidad de una amplia variedad de luchas que permita abarcar la amplia variedad de ámbitos que es necesario subvertir para hacer la revolución social.
Asumiendo el conflicto
Es cierto. Estamos en guerra, y esa guerra tiene nombre. Se llama lucha de clases. Es la lucha de los dueños del mundo contra los que no tenemos nada más que nuestras vidas. Ellos quieren mantener sus privilegios a toda costa, y nosotros queremos destruir el orden que sostiene sus privilegios para que todas y todos podamos ser felices, libres, iguales.
Asumamos el conflicto, asumamos que estamos en una guerra en la que se enfrentan intereses antagónicos, y que mientras ellos tengan el poder, nosotros estaremos en una posición desfavorable, blancos de ataques dirigidos y legitimados por el orden impuesto por su avaricia y su autoritarismo infinito.
Pero una vez que se asume el conflicto, no es necesario poner las cosas en términos de valientes y cobardes, de activistas y teóricos, de “los que esperan” y “los que se cansaron de esperar”, de los que tienen miedo y los que no le temen a nada. Es una manera muy simplista de poner las cosas, que tiene que ver solamente con la psicología de los individuos, y no con sus posiciones sociopolíticas. No concuerdo para nada con el tono del texto, porque la soberbia activista y el orgullo de ser subversivo sólo tienen una relevancia para los individuos, y no para una lucha que debe ser colectiva. No se trata de “ser” anarquista, sino de una lucha revolucionaria para alcanzar el comunismo anárquico. El anarquismo no es un dispensador de identidades individuales, no es una tribu urbana. El anarquismo es una perspectiva revolucionaria sobre la sociedad actual y sobre una posible sociedad futura. “Ser” anarquista no es relevante. Eso sólo puede importarle a los sectarios. Lo relevante es la lucha misma, y la manera en que ésta toma un aspecto revolucionario.
Por lo mismo, la invocación de la disputa entre Severino di Giovanni y Emilio López de Arango no tiene sentido en el contexto actual. Forma parte de un romanticismo muy difundido en ciertos círculos, y que muestra con cierta claridad que los objetivos revolucionarios del anarquismo a veces son transados por un interés estético e individual en la gallardía indiscutible de los que se han atrevido a dar su vida por una causa.
Lo que no hay que olvidar es que estos individuos tenían una causa, que era la causa del pueblo, la causa de la justicia social, la causa de la anarquía.
No es lo mismo la espera que la proyección
Los/as autores/as del texto dicen que en el taller de Introducción al Anarquismo se ha planteado que hay que “esperar la revolución”. Es lamentable que no hayan escuchado con atención las opiniones planteadas en la discusión del taller. Nunca nadie dijo que había que “esperar”. Lo que siempre se dijo es que “no se puede pensar sólo en el presente, sino que también hay que proyectarse hacia el futuro”. A eso se puede resumir la posición expresada, que algunos compañeros no pudieron o no quisieron comprender bien.
Así como hay pasado, hay futuro. El pasado nos enseña lecciones, y nos muestra nuestros errores y nuestros aciertos, permitiéndonos mayor claridad con respecto a nuestro trabajo. Del mismo modo, hay un futuro, que es ese lugar donde se hacen realidad las cosas que queremos lograr, y para las cuales es necesario un proceso. Nadie sería capaz de negar que hay ciertas cosas que toman tiempo.
Si lo que queremos es cocinar un queque, no podemos esperar que baste con mezclar los ingredientes. También será necesario batirlos bien, y luego cocinar la mezcla para tener un queque. O si lo que queremos es construir un mueble, tenemos que pensar que no lo terminaremos en un sólo día, y que tendremos que darnos un par de días para llegar a tener un mueble bien hecho, mediante nuestra activa participación en el proceso de construcción.
Del mismo modo, cuando se trata de hacer la revolución, es necesario saber que es un proceso, probablemente largo. No se trata de esperar, eso sería inmovilizador, y el anarquismo siempre ha estado movilizado y a favor de una permanente movilización de las fuerzas colectivas para alcanzar sus fines. Para hacer la revolución, para alcanzar los fines del anarquismo, que son para todos y no sólo para algunos, tenemos que darnos el tiempo. Y saber que para acabar con el capitalismo y el estado tendremos que planificar, proyectarnos, congregar fuerzas, y trabajar activamente, no sólo en un acto, no sólo en un momento específico, sino a lo largo de muchos años, para lograrlo.
Si lo que queremos es realmente acabar con el problema, y que todos y todas podamos ser felices, libres, y vivir en un mundo justo, en el que todos participemos activamente de la vida social, política y cultural, si lo que queremos es hacer una transformación revolucionaria de la sociedad, tenemos que darnos el tiempo. Y eso no significa, evidentemente, “esperar”. No, al contrario, eso significa ponerse a trabajar desde hoy, pero sabiendo que el trabajo no se acaba mañana, ni pasado. Que el trabajo no es de corto alcance, porque el problema no es un pequeño problema.
Además, si no creemos en los iluminados, ¿por qué entonces habríamos de ponernos a actuar solamente nosotros? ¿No sería mejor trabajar para que todo el pueblo actuara? El pueblo no es revolucionario actualmente, pero puede llegar a serlo. El anarquismo siempre ha tenido esa confianza en las clases oprimidas y explotadas. Sabe que viven bajo el yugo de un sistema de dominación, y que muchas veces ni siquiera lo tienen claro. Pero por eso mismo, situado de manera inteligente en la historia, el anarquismo sabe también que en el pueblo reside toda la fuerza capaz de transformar la sociedad, porque es en las manos de los oprimidos y los explotados donde está la fuerza que los poderosos nos han quitado. No se trata de avanzar hacia la “tierra prometida”, porque justamente se trata de construir, todos juntos, como siempre ha querido el anarquismo, ese mundo que llevamos en nuestros corazones. No sólo algunos, sino todos. No sólo ahora, sino también mañana y pasado mañana.
Por lo tanto, si no se trata de crear vanguardias, entonces tampoco se trata de aburrirse de esperar y lanzarse a la acción. Eso es justamente lo que hace una vanguardia. Lanzarse a la acción esperando que el pueblo se sume a su agitación.
Y si quienes se lanzan a la acción no esperan que el pueblo se sume a su acción, entonces es además una vanguardia insensata y egoísta, que no tiene pretensiones revolucionarias, sino que solamente quiere llevar a cabo sus acciones para satisfacer sus necesidades personales de revuelta.
El vanguardismo surge de una concepción estrecha de la lucha social y política. De una concepción donde solo algunos son “realmente anarquistas”, y donde todos los demás son el enemigo. En contra de esta posición, en el taller de Introducción al Anarquismo se ha insistido permanentemente en que la transformación de la sociedad solo la pueden lograr los oprimidos y explotados en su conjunto, y no solamente algunos avanzados que abrieron sus mentes y ya no quieren esperar más. El revolucionario se da el tiempo y trabaja para que la revolución sea libertaria, es decir, colectiva y horizontal, construida entre todos y todas.
***
Como siempre, quedan muchas cosas pendientes. Espero que la discusión sea fructífera, basada más en argumentos y posiciones políticas, y menos en declaraciones de la propia valentía. El ánimo de este escrito es justamente generar discusión, no sólo con los/as autores/as del texto al que respondo aquí, sino con todas las personas interesadas en estas problemáticas, con todos aquellos que creen que es posible y deseable un anarquismo revolucionario que pretenda superar la sociedad de dominación y de clases.
Salud y Revolución Social







2 comments
Oye pero que bien aclarados estan todos los puntos. Gracias por esto.
Concuerdo contigo en que ls violencia s solo una cuestion estrategica y no base o sosten de una mal entendida “ideologia”.
Gracias por seguir construyendo la idea.
Salud y Anarquia !
buena!
lo dificil es llegar al entramado psicologico de los explotados.
nosotros estamos bajo la explotacion, pero al menos identificamos al enemigo y dia a dia construimos libertad en nuestros espacios cotidianos.
sin embargo, lo dificil es el trabajo de mostrar coheretemente la situacion objetiva de explotacion y dominación al trabajador asalariado, feliz con el aumento del sueldo.
bueno, estamos trabajando para ello!
pero yo creo que de ahi la estrechez de pensar solo en la accion directa como solucion y “verdadero anarquismo”.
en la epoca de la inmediatez, ni siquiera los “anarcos radicales”, logran sustraerse.
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