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	<title>¿por qué no se percató de que se aproximaba? (me dejo entender mal. no se interese en el cotilleo.)</title>
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	<description>dos frases con el mismo verbo.</description>
	<pubDate>Mon, 29 Oct 2007 23:50:39 +0000</pubDate>
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		<title>el gesto frontal a punto de modificarse</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Oct 2007 23:50:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>pia</dc:creator>
		
	<category>Funfarrones</category>
	<category>Largos</category>
	<category>Todo competidor</category>
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		<description><![CDATA[La ventolera se acerca al prisma y no pretende descomponerse en colores, sino en tímidos pulsos de ráfaga que completan el repaso de las líneas de más complicada sintaxis. Crea relieves prematuros en las niñas tierras, se enajena cuando solamente entiende. Relee tantas veces que lo inventa todo de nuevo porque los tonos de cada [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La ventolera se acerca al prisma y no pretende descomponerse en colores, sino en tímidos pulsos de ráfaga que completan el repaso de las líneas de más complicada sintaxis. Crea relieves prematuros en las niñas tierras, se enajena cuando solamente entiende. Relee tantas veces que lo inventa todo de nuevo porque los tonos de cada sonido en su boca se van volviendo tan significativos que los terrenos despoblados de la periferia despiertan y se sienten observados.<br />
Escriben los que escriben, en un intento de comunicación arriesgada que arroja fuera de la casa del ser lo realmente pretendido, un largo tratado silencioso y telepático. Es por eso que algunos no saben si responder escribiendo o diciendo a esa odiosidad de por qué sus letras; por eso dudan, por eso es una difícil pregunta. Porque hacerlo es a sí contrario, en tanto combinar, rimar y escoger es desbordar la comunicación conceptual y es contribuir (ni en singular, ni en plural, ni en primera, ni en segunda, ni en tercera) a  la cimentación del puente entre lo polémicamente fragmentador y lo continuamente conexo. Es cierto que existe una vigilancia del escribiente, y esta es, sin duda, conjetural y lógica. Sin embargo, la seguridad y el convencimiento están muy lejos de las bases de esa cancerbería, más exactamente se ubica ahí la necedad. Es preciso, entonces, fijarse en que son las mendigas y no las opulentas capacidades del hombre, como el pre-sentimiento, las que amparan las raíces de la intención profunda al escribir. Si el detenimiento se realiza sobre las intenciones luminarias o racionales se descuidan las sintonías aledañas y la extensión de las posibilidades del escrito (no sea esta recomendación en favor de una velocidad constante, pues no tan metafóricamente es inevitable, en general, que se comience a forjar el letargo). <br />
Quien escribe los manuscritos de lo sagrado tiene en las vísceras algo que no es exactamente el verbo que canturreado por la voz ronca se mece plumeante sobre la prolongación y al llegar a la superficie lo triza infinitas veces, lo que tiene se parece más a un poema en lengua desconocida, en sonido puro.<br />
Lo lingüístico es volátil y sus diferentes grados de acercamiento a lo que es distinto al resultado típico de su acción separadora son lo que hace una diferencia entre los niveles de comunicado. Mientras más adherido esté a lo fragmentario, más cerca está de lo que es habitual, de lo inteligible, de lo eficaz; por lo tanto, mientras más alejado, se estará en los terrenos aquellos en que se detiene la autorreferencia y se trasciende la oposición; como la escritura, cuando esbozándose en un abrazo de lo dual, flexiona su propia encadenación en círculo y activada por la intuición arroja trazos irracionales -diminutas anclas- sobre los demás espacios libres; los huecos entre un concepto y otro.<br />
Tal como la memoria eidética no es capaz de suprimir detalles contenida en una conexión sensorial plena, es precisamente una sinestesia ontológica la que se deshace del centralismo de la abstracción y del pensamiento; es una presencia que no envidia, que no compite como los sentidos enciclopedizados, por la atención, por el protagonismo; es la simultaneidad que tiene una paciencia extraña, como si nunca la hubiéramos dejado esperar. Acaso porque siempre la buscamos y experimentamos, en silencio, o en ese ruido inacabado y permanente de prácticas como la lectura distraída que se esmera sin previo plan por encontrar lo que es íntimo, y entonces lo que evoca la letra no es casual nunca. Las conexiones parecen dejar de serlo en una conjunción tal que si las dibujara pareciera estar coloreando una superficie compacta de líneas de fuga, como la correspondencia entre rectas que tienen a la mirada lógica un tamaño desemejante, pero el mismo infinito de puntos.<br />
La expatriación del lenguaje es la medida necesaria para que comience el sueño lúcido del movimiento continuo y de la afluencia. El que ya no tiene tierra tiene que buscar parajes de acogida, y, como la experiencia límite estira los elásticos hasta el vencimiento (vencer que no implica ninguna derrota -y no por el contexto que hace partícipe a la banda dúctil, sino principalmente porque en estos destinos no es necesaria la definición por diferencia-) será la misma sustancia primordial y homogénea de lo lingüístico la que guíe el viaje, en un sobresalto de sí mismo.<br />
Escatimar los resultados no pareciera acomodarse al temple de esta búsqueda, pero comprendo que es complicado no querer mirar por el agujero natural entre las maderas viejas, así que frente a sus preocupaciones, digo que la coherencia es otro asunto y no pierde nada si intenta usted desde aquí, desde lo acostumbrado, moldear alguna cosa. Mal que mal, esto es eso.<br />
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